Oscuridad y fantasía: atracción por instinto

La literatura de fantasía y la oscuridad tienen una relación más compleja que el miedo o lo “oscuro es malo”.

Personalmente, me gusta la oscuridad. Pero también me da miedo, a veces. Tal vez ese sea un motivo por el cual escribo tanto sobre ella.

Sólo uno de ellos.

Oscuridad e instinto

Hay algo animal, instintivo, en temer a la oscuridad. Es lógico. No vemos bien con poca luz, y a oscuras del todo no vemos nada. En un momento así dependemos del oído o el olfato, pero la vista es nuestro sentido dominante. La oscuridad es simplemente una amenaza potencial, nuestro cerebro lo entiende así y aunque estemos a oscuras en un lugar conocido, como pueda ser nuestra casa, es normal sentir un escalofrío.

Muchas historias de terror, novelas o películas, hartas del uso y abuso de la oscuridad, utilizan a veces el polo opuesto: la luz. Recuerdo la escena inicial de la película La noche de los muertos vivientes cuando a plena luz del día hay un plano de una pareja y al fondo se ve un hombre avanzando hacia ellos, andando de forma un tanto extraña. No hay música que nos indique que es algo a lo que temer o que nos prepare para un susto. Es sólo un detalle que no cuadra a la luz del día, o mejor dicho, en la luz del día. Esas cosas dan miedo. Atención spoilers: ese hombre es un muerto viviente.

Los mayores terrores pueden darse a plena luz. Y tiene sentido. El cerebro busca patrones, incluso “adivina” qué es lo que va a ocurrir a partir de un momento dado, con unos elementos dados, en base a experiencias similares previas. Dale al cerebro uno o dos elementos y buscará en sus archivos cual es el siguiente acto más probable. Dale un contexto y tendrá una visión de futuro de lo que puede o no puede ocurrir ahí.

Por esos los giros argumentales son tan efectivos. Porque nuestra mente cree saber lo que va a pasar, entonces ¡bam!, la cosa cambia y tenemos literalmente que reestructurarlo todo, buscando un nuevo patrón y una nueva predictibilidad. Un subidón de adrenalina que nos reengancha a la historia.

Pero volvamos a la oscuridad. Me da miedo, ¿a ti no? No hay nada malo en temer a la oscuridad: tu parte animal, mucho mayor y más antigua, sabe lo que se hace. Claro que en este mundo moderno esa parte animal, ese cerebro animal, comete algunos “fallos” porque no es el entorno en el que ha crecido y evolucionado durante miles de años. Y esos fallos los aprovechamos quienes contamos historias. Son nuestros mejores aliados. Los utilizamos a nuestro favor, llevando al lector por aquí, para hacerle creer que va allí pero en realidad lo estamos llevando allá.

La oscuridad. Piensa en una semilla. ¿Dónde nace, donde germina? A oscuras. Una vez que sale fuera entonces necesita luz, pero todo el proceso anterior ha tenido lugar a oscuras, bajo tierra. Hay un enorme potencial en la oscuridad. Por eso seguimos jugando con ella, por eso seguimos retirando cosas de la luz para que no sean vistas. Cosas como elementos de la historia, para que tengas que imaginar, suponer qué está pasando, qué hay ahí. Luego puedo mostrártelo, o no, y el resultado puede ser lo que esperabas o no. Con esto nunca sabes cuando aciertas. A veces mostrar lo que esperabas hace que te enfades y entonces me llamas “previsible”. Y si te muestro lo que no esperabas te enfadas y dices que se me ha ido la cabeza, que eso a qué viene, que no es “creíble”.

El peor enemigo del escritor: el lector

Esto vendría a ser algo así como déjame que escriba lo que quiera como quiera; pero al mismo tiempo, por favor léelo y que te guste. Por favor, por favor.

Porque yo cojo una cosa, como la oscuridad, y la convierto en algo que tiene un aspecto positivo. Por ejemplo, algo de luz, porque los opuestos funcionan y van a funcionar durante mucho más tiempo me temo. Entonces creo toda una historia con esa oscuridad que ya no es la oscuridad sino mi oscuridad, y te llevo a ella, te paseo por ella, te la muestro, te la desnudo, te la exhibo, te la humillo, te la glorifico… lo que sea. Lo hago porque así quiero contarlo, pero al final de todo el proceso estás tú. Y puede que no te guste lo que haya hecho.

Hacer eso da miedo cuando escribo. Da miedo que lo que saquemos al mundo vaya a ser vapuleado, ignorado, despreciado. También está el miedo al éxito, sí, pero por mucho que digan, ese es menor al lado del otro.

Porque corremos el riesgo (no sé si los dos o sólo yo) de que no me entiendas. De que yo hable de la oscuridad, la convierta en protagonista, en héroe o villano (como si esta dicotomía fuera tan simple) y tú sin embargo entiendas otra cosa. Escribir es correr un riesgo en cuanto ponemos el punto final. Sabemos que nunca va a estar del todo bien, y por eso tal vez estamos siempre contando la misma historia de diferente forma. Al menos esa es la impresión que tengo a veces cuando echo un vistazo a todas las historias que voy construyendo, que están en borradores, ideas, notas, etc.

Yo he venido aquí a hablar de mi oscuridad

Deja que te cuente algo de mis proyectos. El título de una novela en la que llevo tiempo trabajando iba a ser Oscuridad, aunque hay otro título en competición: Demasiada luz. Tal vez te parezcan cosas opuestas, ¿verdad? La trama de la novela está casi lista, pulida, todos los personajes tan reales como tú y como yo, o incluso más, porque ellos son inventados. Tengo la sensación de que me falla el protagonista, que no hace nada pero es el punto sin el cual no puede haber historia. No sé si quitarlo o  tal vez sólo necesita darle una vuelta más. Claro que tampoco pasa nada con un personaje que no hace nada pero que es necesario para la historia, como ocurre, en mi opinión, con el “protagonista” de American Gods, de Neil Gaiman.

Pero te estoy haciendo trampas. Ese no es el único problema. Esta historia de fantasía urbana oscura (ya sabes que no soy amigo de tanta clasificación y etiquetas, así que las pongo juntas sin atender al orden y lo que resulte me sirve) contiene un tema oculto que es la base de todo no tengo claro aún como engranarlo.

Pero luego hay otra historia donde la oscuridad es también protagonista. Esta es de fantasía mágica: de verdad que no sé como clasificarla, ni a esta historia ni a otras parecidas que tengo pensadas: hay magia, es un mundo imaginario no medieval… de verdad que fantasía mágica me parece acertado para hablar de historias de fantasía que no son urbanas, por ejemplo, aunque haya magia en las urbanas, pero la magia en las urbanas  en las de fantasía no urbana es diferente – sobre esto hay una entrada que voy a hacer o está hecha, no sé) En esta historia de fantasía la oscuridad está presente, pero es otra oscuridad, es amenazadora, pero también es misteriosa, y no todo lo misterioso tiene por qué ser amenazador, ni todo lo amenazador tiene por qué ser misterioso (volvemos a la oscuridad a plena luz del día) En cualquier caso, es una oscuridad distinta.

O son oscuridad al fin y al cabo pero estoy dando vueltas en torno a ella, la oscuridad en sí, abordándola desde distintos frentes y usando diferentes trucos.

Ambas historias están avanzadas, cada una a su modo. La primera necesita que me lance a escribir el borrador definitivo (ya he empezado un par y los he dejado para modificar la propia trama) La segunda está en mi cabeza, porque creció a partir de un relato (Cráneo de gato) y va creciendo. Tanto, que ha pasado a ser una historia a contar en varias generaciones (pero en un solo volumen, retomemos aquello de leer “una” novela).

Es lo que tiene la oscuridad, que es mágica. La luz es como más lenta, se extiende como la melaza o la miel; pero la oscuridad cae de golpe, se filtra, penetra. Y si eso no es interesante para contar una historia…

 

4 Replies to “Oscuridad y fantasía: atracción por instinto”

  1. Hola, Óscar
    Como te había dicho aquí estoy comentando. Me encanta el tema de la oscuridad. Como escritor de terror, es un tema recurrente. Aunque en mi caso, el tema al que más recurro es al canibalismo, la oscuridad me ha dado alegrías —como ganar un certamen literario—.
    La oscuridad, como el canibalismo, es algo que llevamos con nosotros desde el inicio. En antropología se dan muchas respuestas a nuestro miedo a la oscuridad, casi siempre tiene que ver con los animales que cazaban de noche y ante los que éramos presa fácil.
    Sobre el miedo a publicar y que te machaquen, usando tu metáfora, tienes que germinar. La semilla está a salvo bajo tierra, oscura y calentita, pero su naturaleza es crecer, germinar y brotar. La de un escritor también. El brote está expuesto a pájaros, animales, al viento, al calor… Nosotros nos enfrentamos a nuestros propios peligros y hacerlo, es la única forma de pasar de ser un brote débil y tembloroso a ser un árbol con una corteza dura y un montón de ramas.
    Me encanta que hayas usado la primera escena de La Noche de los Muertos Vivientes para analizar el uso de la luz y la oscuridad. No es el único uso que se hace en la peli de esta dicotomía; la escena del sótano, con la bombilla balanceándose y la niña comiéndose a la madre o la forma en la que usa el fuego para espantar a los muertos.
    En fin, tenía que leer este artículo y me ha encantado, a las redes que va.
    Un abrazo!

    1. ¡Hola!
      Qué alegría que hayas comentado. Qué mejor que alguien que se maneja en el terror y en la oscuridad. A mí también me fascina la oscuridad. Sobre todo la oscuridad psicológica, por llamarla así. Tenemos bien codificados los patrones del temer a la oscuridad, donde somos (o éramos hace mucho tiempo) vulnerables, donde no podíamos responder tan bien como otros. Y de ahí la oscuridad ha venido con nosotros en las historias, las novelas, los cuentos, los símbolos, etc., acompañada siempre de su polo, la luz. Y esos opuestos tan “simples” que son luz y oscuridad siguen funcionando para articular historias y personajes.
      Lo del miedo, pues eso: escribes algo, que siempre lleva algo tuyo en mayor o menos grado, y cuando acabas y lo lanzas ya no puedes adjuntar un libro de instrucciones donde diga “cuando hablo de oscuridad me refiero a esto, no vaya usted a entender otra cosa”. Todo cuadra perfectamente cuando está la cosa bajo tierra, pero en cuento sale fuera… hala, a exponerse.
      Y sí, esa escena de la película me impactó muchísimo. La vi cuando era pequeño y sigue siendo una de mis escenas favoritas de todas las películas que he visto. Esos dos planos simultáneos en el mismo, dos tipos de información contradictoria (la seguridad y lo cotidiano de la pareja por un lado y el hombre que viene desde el fondo y que sabes que hay algo raro) y encima no puedes hacer nada por avisar a los protagonistas; te tienes que aguantar y contemplar lo que pasa, lo que va a pasar. Es un poco como las escenas de Hitchcock de plano amplio donde pasan dos cosas a la vez que sabes que puede ser un desastre cuando confluyan pero no te queda otra que mirar (por ejemplo, me viene la de “Marnie, la ladrona”, ese plano doble simétrico entre Marnie y la limpiadora) Aquí hay tema, Jaume, porque aunque escribimos con palabras (el output) las influencias que recibimos no sólo vienen de la lectura, también de la imagen, la música (un input variado). Esto huele a entrada… no te digo y te lo digo to.
      Muchas gracias por pasarte por aquí. ¡Todo un honor!
      ¡Un abrazo!

  2. La magia del lado oscuro para mi, pasa por la prohibición. Es como la atracción de un niño por el fuego, cuanto mas le dicen que se aleje, más se siente atraído por él. La oscuridad, lo peligroso, lo prohibido tiene un lado que muy atrayente y esa magia hace que hasta el más bueno esté tentado a pasarse al lado oscuro. Y esto hace a un personaje más real, más humano.

    1. Hola, Noelia.

      Qué bueno eso que señalas: la prohibición. La tentación del lado oscuro, por usar la frase de Star Wars. La oscuridad, con todo eso de peligro, de prohibido, por supuesto que atrae; y no sólo atrae sino que, en mi opinión, es necesario para alcanzar un todo más completo. Sólo enla luz, o sólo en la oscuridad, lo que sea (personaje, motivación, historia…) queda incompleto, le falta algo. Así que hay que acercase a la oscuridad, pasar por ella, quemarse con el fuego (siguiendo tu ejemplo) y luego completar el viaje.
      Gracias por comentar.
      ¡Un saludo!

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