Los límites del escritor

límites del escritor

Los límites del escritor aparecen en cuanto empezamos a escribir. Crear una historia es crear personajes, lugares, situaciones. Hilar una trama en torno a una idea, esculpir una obra en torno a un tema. A veces, utilizas el tema como la propia herramienta, como el cincel con el que se talla la piedra o el palo de modelar con el que se da forma al barro.

Sea como sea, todo eso es el proceso de volcar, de construir. Como quien despliega sobre la mesa los elementos con los que va a trabajar. También hay otros procesos en los que retiras elementos en lugar de añadirlos; momentos en los que la obra “decrece” como parte de su crecimiento. Esther Magar ha escrito hace poco sobre eso, y yo he tenido el placer de colaborar hablando sobre los procesos creativos.

En ese proceso de creación hay unos muros de contención. Unos límites. No hablo de límites externos, como pudieran ser un número de palabras máximo (si estás escribiendo un relato para un concurso) sino de otros internos y propios.

Más de un muro, en realidad.

Límites del escritor: muro de contención

Cógete las manos y haz un círculo con los brazos delante de tu pecho, tan amplio como puedas sin soltar las manos. Eso es todo lo que necesitas para entender lo que te quiero contar.

Esos brazos son los límites que contendrán tu historia. Y suelen ser inconscientes.

¿Has cogido la idea? Bien, ya puedes bajar los brazos.

Cuando escribes, sin darte cuenta, creas un muro de contención invisible, una frontera que no ves, dentro de la cual estará tu historia. Nunca la traspasará, incluso aunque cambies personajes, trama, aunque se deslicen otros temas junto al principal. Ese borde cuasi mágico, a modo de estructura psicoanalítica, marca algo importante, tiene una función.

Que no se desparrame nada.

Su función es que, aunque tu historia sea, o parezca ser, muy nueva, transgresora, etc., en el fondo está dentro de lo mismo, de ese lo mismo que tú mismo (vaya lío) has marcado como límite.

límites del escritor muro

Pensando sobre todo esto me acordé de una cita de Chomsky:

La forma inteligente de mantener a la población pasiva y obediente es limitando el espectro de opiniones políticamente correctas, pero alentando acalorados debates dentro de los límites de ese espectro. (Noam Chomsky)

Es decir, que una forma de manipular a la gente es estrechar mucho el ámbito de su opinión, pero dejarles mucho margen dentro de ese pequeño ámbito. Esto sucede cuando creamos una historia que toma vida dentro de unos límites: crees que tienes infinitas posibilidades, pero en realidad estás dentro de una parcela muy limitada dentro de la cual tus florituras mentales te hacen dar vueltas y revueltas, pero siempre dentro de ese margen invisible.

Dos preguntas surgen de inmediato: qué es ese margen y quién lo crea.

Ese margen es aquello que no estás dispuesto a traspasar, o, como otra opción, ciertos modos en los que no estás dispuesto a abordar ciertas cosas.

¿Y quién lo crea? Uno mismo, por supuesto. Quien escribe. De forma inconsciente.

Desbordarse al escribir

Imagina que en tu historia unos bebés deben morir. Es algo que te horroriza, pero como escritor, como contador de historias, eso debe estar ahí. Esa parte de la historia, esa escena, tiene una razón de ser, no es solo un artificio para conseguir un punto extra de macabro o siniestro (y si lo es, tal vez toque replantearse si no puedes lograr lo mismo con otra cosa; que no sea añadir por añadir) Escribir esa escena te da repulsión, te cuesta, te duele incluso, pero lo haces. ¿Es eso romper esa barrera?

No, ni de lejos. Como tampoco lo es escribir una escena de sexo si no te gusta escribir escenas de sexo pero crees que debe haber una.

Entonces qué es, me preguntas. Porque me lo estás preguntando, ¿no?

Es más un cambio en ti mismo que en la historia. Un paso más allá, de esos pequeños pero cruciales porque se dan al borde del precipicio.

Imagina, de nuevo, que echas varios elementos dentro de ese círculo hecho con tus brazos. A base de añadir y remover, de quitar y poner, puedes hacer temblar el límite. Ese temblor es consecuencia de lo que haces buscando el mejor modo de contar algo, pero es a la vez una llamada, un susurro que oyes de refilón, diciendo: “por aquí”.

desbordar límites del escritor

Suele dar miedo, porque es empujar todo lo que tienes hacia un lugar que ni pensabas transitar. Y repito que no es que incluyas escenas de sexo, o de canibalismo, o de canibalismo y sexo. Es un algo más. Sutil, no tiene lugar en la historia, aunque la consecuencia se vea en ella. Tiene lugar en ti. Es la revelación que sobre ese tema te surge a base de darle vueltas como lo has hecho, pensando y repensando la historia que quieres contar.

Por ejemplo, tal vez quieras hablar sobre un tema, pero incluso hablando de él de forma explícita, incluyendo varias escenas sobre él, aún cuando sea el tema central de la historia, puede que no estés satisfecho con el resultado, con lo que estás contando, con cómo lo estás contando.

Es tiempo de rastrear ese límite autoimpuesto y saltarlo. Desbordarse al escribir.

Cuatro brazos mejor que dos

Los límites del escritor no son los únicos en este asunto. También están los de la persona que lee, sobre todo si tiene ciertas expectativas sobre lo que va a leer, ya sea porque ha leído algo tuyo antes o porque espera ciertas cosas al leer un género literario en concreto (fantasía, terror, etc.)

Y es que a veces los lectores nos olvidamos de que hay escritores que son escritores quimera.

Si escribes pensando en el abrazo idílico con tu lector pierdes de vista no solo esos muros, sino la misma idea de franquearlos. Los límites del escritor no son solo para coartar lo que escribes, también valen para contener la historia y que la narración sea pura verborrea y palabrerío sin orden ni sentido.

Y es que si a los lectores nos gusta algo, queremos más de ese algo. Yo he leído y releído todas las novelas de Agatha Christie, y me fastidia mucho que no vaya a leer más de esta autora, que no vaya a vivir más aventuras de Poirot o la señorita Marple.

Pero los lectores, que somos criaturas complejas, también queremos algo diferente, algo nuevo. Y lo queremos al mismo tiempo que queremos lo mismo.

¿Cómo solventamos este dilema?

Haciendo trampas. Sí, los limites del escritor encierran una trampa: tenemos doble muro, un segundo límite.

Como un par extra de brazos. ¿Y para qué sirven?

Para sostener el espacio del desparrame.

Sostener el espacio para el lector

Sostener el espacio para alguien es una expresión -y acción- muy utilizada en psicología. Metafóricamente significa crear un entorno seguro, y mantenerlo durante todo el tiempo que dure el proceso (sesión, taller, etc.) en el cual el cliente pueda experimentar cualquier emoción que necesite, explorar lo que tenga que explorar, sin ser juzgado. La labor del psicólogo es “sostener” ese lugar simbólico, ya sea una sala o una cafetería si te pilla allí de pronto, para que el cliente pueda ahondar, explorar y expresar.

Este artículo lo explica muy bien (en inglés). Los principales elementos para sostener el espacio para alguien son:

  1. Dar a la gente permiso para confiar en su propia intuición y sabiduría.
  2. Dar sólo la información que la persona pueda manejar.
  3. No quitar el poder (o sea, no te conviertes en maestro ni gurú)
  4. Mantén tu ego fuera del asunto.
  5. Hacer que la persona se sienta lo bastante segura como para permitirse fallar.
  6. Guiar y ayudar con humildad y consideración.
  7. Crear un espacio de contención para las emociones complejas, miedos, traumas, etc.
  8. Permitir a la persona tomar decisiones diferentes a las que tú tomarías y tener diferentes experiencias a las que tú tendrías.

¿Qué tiene que ver eso con la escritura? Estoy diciendo que traspasemos los límites del escritor siempre que sea en beneficio de la historia, y ahora hablo de sostener un espacio, de poner límites de nuevo.

¿No me estoy contradiciendo? No.

La clave es que estos límites son diferentes. Rodean el propio proceso de traspasar los límites del escritor. Siempre vamos a necesitar un contenedor para que la historia no se diluya. Y no sólo la historia, sino la intención que buscamos con ella. Incluso si pretendemos transgredir, como nos cuenta Marian Ruiz en esta entrada.

Escribir implica la existencia de unos limites del escritor, y también la voluntad del escritor de traspasarlos y explorar más allá de ellos si la historia lo requiere. Todo para ofrecer al lector un viaje, una experiencia en la que pueda recorrer caminos nuevos e inesperados. Un aventura con riesgo pero bajo la mirada atenta del escritor.

Lo cual hace que al final el escritor debe soltar la historia y dejar que el escritor la experimente como quiera, aunque no sea como nosotros teníamos planeado.

 

 

 

 

3 Replies to “Los límites del escritor”

  1. Hola, Oscar:

    Cuántas claves hay en este tema que abordas. De nuevo, atravesar el Rubicón, empujar los límites; abandonar el sofá, viejo pero confortable aún, y sostener el temblor. ¿Y si después de hacerlo no sale nada relevante? No hay retroceso posible. Entonces preferimos el contenedor, temerosos de desbordarnos, y ponemos a un yo mercenario a que se haga cargo, no solo de la escritura, sino de mantener a raya al que vive agazapado en el fondo; poniendo buen cuidado de que no despierte.

    Y se nos va la vida tanteando el terreno… hasta que un buen día quizá descubramos que el postizo aprendió a escribir incluso mejor de lo que podía haberlo hecho el miedoso de haberse atrevido. Es más: de no ser así, ese que duele no habrá fracasado.

    Pero ¿cómo salir de dudas? Mucha tela que cortar, amigo mío. ¡Ay, los riesgos! (Gracias a estos buenos ratos mientras, ¿no?).

    Un abrazo literario y gracias por la harina… 😉

    1. Hola, Marian.

      El que está agazapado en el fondo, si tiene algo que decir, hay que dejar que lo diga. Y claro, si le dejamos que salga entonces la cosa “se nos puede ir de las manos”, y de eso se trata. No digo que sea fácil, eso sí, saber reconocer cuando hay que dejarle salir y cuando estamos haciendo un paripé, siendo impostores.

      A veces cuando escribo tengo la sensación de estar rodeando algo sin ser capaz de tocarlo, un poco como un gato que acecha a su presa. No sé si es porque no he dado con el modo de enfocarlo y tratarlo o porque no me atrevo a abordarlo de tal modo que tenga que irme más allá de esos límites que han surgido (de mí, claro) al principio. De ahí salió la idea para escribir esta entrada.

      De nada por la harina 🙂
      Un abrazo.

  2. Entiendo lo que quieres decir, Óscar (me dejé tu tilde en el comentario anterior), pero creo que de dejar salir lo hay en ese fondo a hacer literatura con ello, hay un trecho. A veces, si no has tomado distancia suficiente con tus fondos abisales, puede escapar lo que escapaba con los quince años: un diario de a bordo sin más valor que el del desahogo y la mera reiteración.

    Respecto a tu segundo párrafo: cualquier día se te pone a tiro. Auguro.

    Otro abrazo, compañero. 😉

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