fragilidad escritorEsta entrada, como las cosas más impactantes de la vida, no estaba prevista. Hay un borrador en mi cuaderno de campo, diario o bitácora – que cada cual escoja el nombre con el que mejor simpatice – que escribí esta semana y que trata sobre que escribir es algo inútil. Pero lo inesperado suele tomar delantera y por eso lo que estás leyendo es esto, y no lo otro.

Y, por cierto, yo lo llamo libreta, sin más.

Una vez escribí algo sobre la fragilidad. Eso era cuando comencé con este blog, cuando no sabía bien cómo llevar un blog de escritor. Tampoco lo sé ahora, pero el tiempo nos condecora, quizás solo a los más osados, con un aplomo que con astucia suficiente y mucha labia podemos llegar a vender como seguridad y conocimiento de lo que hacemos.

Así que he cogido el portátil y me he puesto a escribir esta entrada del tirón.

¿Es importante que la escriba ya? ¿A qué tanta prisa? No, no lo es, y no, no la tiene. Pero es consecuencia directa de algo que ha ocurrido en estos días y solo dispongo de mi habilidad narrativa para lucir esta entrada como algo digno de un blog de escritor.

Así que allá vamos.

Una vieja historia. Una nueva historia.

Lo que ha ocurrido es algo viejo, algo de siempre. No hay nada nuevo bajo el sol. Tengo la suerte de formar parte de un grupo de escritores en Facebook. Compartimos entradas, dudas, ideas, preguntas y también vivencias personales. Esta semana uno de los miembros ha compartido una experiencia suya que ha recibido muchas respuestas y comentarios del resto de compañeros.

Lo que nos ha contado es que ha recibido las correcciones de su novela. Y ha sentido vergüenza. Se plantea si debe seguir escribiendo, si no estará siendo un fraude al acabar su novela y sacarla a la venta. Por supuesto, todo esto después de las correcciones. Se ha venido un poco, o un mucho, abajo.

Yo, como todos los demás, le he animado, incluso aunque no haya publicado nunca nada hasta ahora, pero al menos sí he pasado por la experiencia de haber sido revisado y corregido. Y cuidado aquí: no fui yo el corregido, no me corrigieron a mí, sino a mi relato. Pero confundimos eso a veces, y ahí empieza el malestar emocional.

En mi caso fue una experiencia muy positiva, lo que es sorprendente teniendo en cuenta que llevo muy mal las críticas, que no soporto la idea de hacer algo mal o simplemente no hacerlo perfecto, que siempre veo el fallo por diminuto que sea y nunca el logro aunque sea de magnitudes cósmicas.

Parte de mi mensaje de apoyo a este compañero en el grupo de Facebook fue que mandara al carajo a la autoestima: una señorita traicionera bastante sobrevalorada casi siempre.

Este maravilloso consejo me ha hecho plantearme si no debo quizás poner estas dotes de psicólogo (que lo soy, con título), este pragmatismo y esta absoluta falta de paciencia a disposición de otros escritores que requieran la ayuda de un psicólogo. No digo que sea la mejor idea, claro está.

Pero no escribo esto para publicitar mi posible futura consulta. Escribo esto para señalar lo otro: que los escritores, como cualquier otra persona, somos frágiles. Y no es mi intención soltar un rollo sensiblero ni profundo. Solo quiero contarte algunas cosas a ti, lector o lectora, que quizás ya sepas. Y otras en las que tal vez no hayas pensado.

Y luego he de buscar el modo de relacionarlo con la literatura de fantasía o al menos con mi propio proceso como escritor, que esto es un blog de escritor  o pretende serlo. Prueba de ello es que hilaré ambos temas con tal maestría que parecerá que no pueden ser contados de ninguna otra manera (así hay que tratar a veces a la autoestima, escupiéndole a la cara y subiéndonos a la parra).

¿No es eso contar una historia? Quizás por eso se dice contar “una” historia: la única posible, la mejor posible.

Pero vamos al lío, que los psicólogos cobramos por horas.

Ha llegado a su ciudad el camión de las ideas

Si eres escritor, sabes de qué va esto de escribir. No es comenzar por el principio y acabar por el final, en una mesa de madera por las mañanas con una taza de café frente a una ventana con vistas al jardín florido (así sea invierno y vivas en Islandia) con tu gato enroscado en la butaca de al lado. Si eres lector, tal vez te lo imaginabas así. Pues no.

Como las meigas, escritores de ventana, jardín y gato haberlos, haylos. Pero no es la norma. Ni se empieza por el principio. Ni se acaba por el final. Ni se pone “fin” al terminar y listo, a mandarlo a la editorial a que lo publiquen. La cosa es más compleja y tortuosa.

Sobre esto son muchos quienes han escrito mejores entradas que yo. Más poéticas, más detalladas y sobre todo con más fundamento, porque yo no he publicado nada aún. Pero no haber hecho algo no es razón para que no puedas recibir mérito por ello.

Obama, por ejemplo, tiene un Nobel de la Paz.

Empecemos por las ideas. ¿De dónde surgen? Mi respuesta es ¿de dónde NO surgen? Mira a tu alrededor.

Y aquí tenemos el primer golpe que recibe un escritor y que amenaza su fragilidad.

¿Estoy siendo original?

No, por supuesto que no. Ese es un miedo primigenio, diría yo, de quienes escribimos. Que lo que yo vaya a contar ya se haya contado. Que mi sistema de magia sea muy parecido a ese otro. Que lo sea mi historia, mi mundo, mis personajes, mis tramas…

En mi futura consulta de psicólogo para escritores colgaré un póster con los dioses griegos. Servirá para recordar a todo escritor que venga que llevamos milenios sin plantear nada nuevo. Escribimos sobre humanos, ya sean magos o refugiados de guerra, ya sea fantasía o realismo social, y da igual el detalle: el grueso de los temas es el mismo. Si alguien escribe una novela sobre cómo Ramón contacta con decenas de personas a través de Twitter y cómo proyecta en ellos sus miedos o frustraciones, y se decide a conocerlos en persona y bla, bla bla… no está escribiendo nada nuevo. Aunque haya en la historia algo reciente (redes sociales), el tema es antiguo: la soledad, la necesidad de contacto. Así que relájate, amigo escritor. Probablemente no vas a crear algo nuevo. Lo cual no es razón para que no lo escribas.

Piensa en todas las historias de niños magos que se están escribiendo en este momento. ¿No es fabuloso? En serio, no pretendo ser sarcástico.

Llevar las ideas al papel

Llevar una idea de la cabeza al papel (al ordenador) es jodido. En tu cabeza todo está claro: imágenes, frases sueltas, caras inventadas… pero convertir eso en frases, en palabras una detrás de otra, es un proceso de transmutación que da problemas en cuanto empiezas con él.

Tienes una idea. Te encanta. La ves, crees en ella. Intentas hacer un mínimo esquema, una planificación básica de lo que irá la historia, y en cuanto te pones a ello la confianza se te escapa como el gato si le dejas la puerta abierta. Fallos por todas partes. Agujeros enormes. Apenas tienes diez escenas. Tus personajes no comen, no beben, no duermen, no follan. No habías pensado en nada de eso. Ni en el mundo en el que ocurre la historia, sobre todo si es una historia de fantasía. El gobierno, la política, el sistema económico, la sociedad…

Primer agobio, primer mazazo. Cuando ves el libro en la librería, con su mapa con sus montañas, ríos, bosques, ciudades… quizás pienses que todo eso nació así. El lector nunca ve los borradores, los apuntes, las frases garabateadas. Los bocetos de mapas que empiezas por una esquina del folio con un arrebato de emoción y que antes de llegar al otro extremo ya has visto no sé cuantos fallos y problemas.

Personalmente, soy visual por completo a la hora de crear mis historias. Pero salvo que puedes acceder a mi mente me toca escribirlas si quiero que lleguen a ti. Y antes de escribir una historia, toca planificarla aunque sea un mínimo.

Yo trabajo con libretas y fichas de biblioteca. Libretas básicas, de rayas con papel no satinado. Bolígrafo normalito. Ahí empieza el maremágnum. A veces en una misma libreta escribo ideas de diferentes historias.

En esa libreta primera va todo: nombres de personajes, resúmenes, escenas importantes, mapas si encarta, más nombres, otro resumen más resumido o menos que el anterior, frases literales que alguien dirá en algún momento, citas de otros textos que dan sentido a la historia y que utilizaré para iniciar los capítulos, flechas, tachones… de todo. Cuando de ese batiburrillo empiezo a entrever algo con medio sentido, paso a las tarjetas de rayas de las que se usan en bibliotecas (o se usaban)

Yo quiero uno de estos. Y en cada cajón, una novela.

Cada ficha es una escena importante. Al principio suele haber pocas. En cada cartulina pongo qué pasa en la escena, y por detrás el meollo psicológico profundo de lo que ocurre. Tal personaje cambia aquí. Tal personaje se da cuenta de aquello. Cosas así. Como son pocas escenas, apenas el arco básico de la historia, añado más. Surgen más personajes, más tramas. Y suele ocurrir que de las fichas paso de nuevo a la libreta, y a veces a una segunda libreta.

Y luego vuelta a las fichas, esta vez con todas las escenas, las importantes y las que sirven para conectar una cosa con otra. Tramas y subtramas.

Ya solo queda escribirlo.

Entonces toca lidiar con esas malditas cosas que dificultan muchísimo nuestro trabajo y de nuevo amenazan nuestra fragilidad.

El peor enemigo de un escritor.

Las palabras.

En busca de la palabra perdida

Imagina que tengo delante de mí una de esas fichas, escritas por lo habitual hasta el cuatro colores. Pongamos que dice algo así como:

Reela está en el salón del consejo de magos leyendo un tomo sobre botánica. De repente tiene una idea, se levanta y baja al patio a buscar una hierba que lleva viendo toda la vida, a la que nunca ha dado importancia, pero que ahora cree que puede tenerla para resolver su problema.

Tengo claro lo que va ocurrir, y sé lo que tengo que escribir. Tengo que contar eso. Pues nada, a escribir entonces.

Pero… ¿Reela se levanta de la silla sin más o se levanta de la silla empujándola hacia atrás? ¿Se levanta o se pone de pie? Y empieza el baile. No el de Reela, el mío. El de cualquier escritor, presumo. La búsqueda de la palabra exacta.

Porque aquí viene otra cosita que nos socava y nos convierte en esas criaturas frágiles: no damos con la palabra justa, la frase justa. Probamos y probamos, pero ninguna nos parece buena. Sí, Reela baja al patio, de acuerdo. Pero, ¿bajó al patio? ¿Bajó corriendo? ¿Se precipitó por las escaleras con la respiración acelerada? ¿Fue corriendo al patio?

Y se nos puede ir una hora, o incluso una mañana entera, en decidir cómo carajo baja Reela al patio.

Y cuando todo está escrito y acabado es probable que no nos guste. Y si nos gusta, hay un poso amargo que nos dice que podría estar mejor. El problema no es corregir ni cambiar. El agobio es que nunca nos parece acabado, definitivo, perfecto.

No se vayan todavía, ¡aún hay más!

Digamos que al final das el texto por terminado. Porque estás harto, porque tu cuello no aguanta más… por lo que sea. Y entonces mandas el texto a un corrector o a lectores cero. Y lo recibes de vuelta con decenas o cientos de notas. De apuntes, de marcas en rojo o en verde, o en rojo, verde y amarillo.

Y la fragilidad del escritor se ve sacudida por tanta nota y comentario. Sí, sabemos que van a servir para mejorar la historia, al menos la mayoría de ellos. Sí, sabemos que mandamos nosotros, que se hará lo que digamos nosotros. Pero ahí está, esa visión multicolor que viene a decirte: se puede hacer mejor. Y eso es algo bueno, pero para una criatura frágil como es un escritor, es otro golpe que aunque lo enfrentemos bien, escuece.

Pero ahí no acaba la cosa.

La fragilidad del escritor recibe golpes por todas partes. Uno es el síndrome del impostor, presente durante todo el proceso. (no es algo exclusivo nuestro) Mientras escribes, que quién eres tú para escribir. Cuando te devuelven las correcciones, que quién eres tú para poder corregirlo y mejorarlo. Si se publica, que quién eres tú para publicar algo. Cuando lo leen y te dicen “me gusta”, piensas que seguro mienten, o has tenido suerte al escribir eso y todo lo demás que escribas será una mierda.

Y sin embargo… escribimos

Y todo esto venía por este compañero que nos contaba su experiencia tras recibir su texto de manos de la correctora. Porque desde que te dices “una historia sobre magos que…” hasta que llega a ti, hay toda una suerte de golpes, bajones y caídas que a veces son demasiado para algo tan frágil como un escritor.

Pero seguimos escribiendo.

 


5 commentarios

Eva J. · 5 mayo, 2018 a las 18:13

Me he encantado la entrada, yo me he apuntado a un taller de escritura creativa porque ingenua de mí pensaba que podía escribir una novela (aunque fuera corta) de principio a fin. Pero claro me asaltaron las dudas, “¿pongo esto o pongo aquello?” Y ahí descubrí que hay una planificación que ayuda mucho. Ahora en mis clases me doy cuenta que la historia a veces se va de las manos incluso en un relato corto.

    Óscar Iborra · 5 mayo, 2018 a las 18:54

    Hola, Eva.

    Yo también he empezado más de una historia por el principio y ¡adelante!, sin planificar nada. Y luego te toca pararte a planificar un poco, sobre todo porque la historia crece y ves todas las cosas que tienes que hilar. Y en relatos cortos parece que eso no va a pasar, que como son “cortos” pues empezamos a escribirlos por la mañana, paramos a comer, seguimos a la tarde y ya a la noche, acabado. ¡Ja! Lo de “corto” engaña, y como tú dices se te puede ir de las manos con facilidad. No sé si te pasa que estás ideando un relato corto y de repente te dices “esto da para más”, porque tienen vida propia y te exigen crecer más de lo que tú pensabas. O al contrario: tienes una idea para una novela que resulta que funciona mejor como relato corto.
    Espero que disfrutes del taller y adelante con la escritura. Y gracias por comentar 🙂
    ¡Un saludo!

      Eva J. · 6 mayo, 2018 a las 09:56

      Ay sí, un relato corto puede dar para más, como decía Hemingway el relato es sólo la punta del iceberg. Se muestra una parte del todo. Pero se tiene que dejar vislumbrar que hay algo más. Acabo de terminar uno ahora mismo para un ejercicio de clase, teníamos que cumplir unos requisitos y basarnos en una de las ideas totalmente locas que habíamos trabajado en la última. Ha sido muy divertido y estimulante trabajar una idea que no era mía y estoy muy contenta con el resultado.

Igor · 7 mayo, 2018 a las 21:15

Hola Oscar. Me encuentro relizando un curso de narrativa. Uno de los ejercicios consiste en corregir y recibir correcciones a nuestros textos por parte de los compañeros. Este punto me aterraba, hasta que he leído tu entrada.
Me ha gustado mucho y te agradezco haberla escrito

    Óscar Iborra · 7 mayo, 2018 a las 21:58

    Hola, Igor.

    Muchas gracias. Si te ha servido y te ayuda, entonces perfecto.
    Exponerse da pavor. La primera vez que di a unos amigos y familiares un relato que había escrito (unas 25.000 palabras) estaba aterrado, como dices. Por un lado por lo que pudieran decirme, en especial la gran cuestión: ¿les gustará lo que he escrito? ¿Es lo bastante bueno? Los comentarios que recibí fueron positivos y además todos coincidían en qué parte que merecía una revisión. Esa especie de consenso en lugar de hundirme diciendo “esa parte es una mierda” me sirvió para reconocer que en efecto ahí tenía que meter mano.
    Pero había un miedo mayor al dejarles leer mi relato: el hecho en sí de exponerte, de afirmar un poco más que yo escribía, que me gusta, que soy escritor. Dar mi relato a leer era como cruzar un límite entre ser escritor “en privado” a ser escritor “en público”. Es ese momento de poder que consiste en ser visto.
    Es un paso importante, como podrás comprobar tú mismo.
    En esta entrada hay un enlace a otra cuando recibí los comentarios a un relato que fue elegido para una antología (la entrada se llama “no eres nadie hasta que te corrigen”) Sin duda, una de las cosas clave en ese momento fue tener muy claro, experimentar la certeza de que lo que estaba siendo evaluado y corregido era el relato, no yo. Ese “desligarme” del texto (lo cuento en la entrada) me dio una distancia que me permitió trabajar en la mejora del relato com muchas ganas, con ánimo y sin fustigarme.
    Así que adelante con corregir y ser corregido – tu texto, recuerda! Bienvenido a la iniciación!!!
    Un abrazo y gracias por compartir tu experiencia aquí.

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