Escribir con la camisa limpia y los zapatos sucios

escribir con zapatos sucios

Esta semana, David Olier ha publicado una entrada en su blog El Rincón de Cabal sobre algo que sé que es verdad pero que mi obsesión por la perfección se niega a creer: “hecho mejor que perfecto”.

He decidido hacer parada en el blog en agosto y planificar varias cosas: el propio blog, las novelas y relatos que están amontonados en mi mesa, otros proyectos de escritura, etc.

Y entonces, ¿qué es esto de camisa limpia y zapatos sucios? Pues la unión de dos cosas: querer escribir algo antes del “descanso” planificador de agosto y poner en práctica lo de mejor hecho que perfecto. Y para ello he revisado y dejado lista esta entrada, cuyo borrador tenía en el diario.

No recuerdo cuándo surgió la idea para este post, pero sí te puedo decir que se trata de una metáfora sobre escribir que surge de mi experiencia personal a partir de mis zapatos.

Dime como vistes, ¿y te diré cómo escribes?

No, no tiene nada que ver.

Cuando visto casi nunca le doy importancia a los zapatos, en lo estético al menos. Hace mucho tiempo que no los limpio con crema para zapatos, sobre todo porque hace mucho que no uso zapatos, sino botas o tenis (deportivas). Un amigo solía limpiar con mucho esmero sus zapatos, lo que me resultaba fascinante cuando lo veía.

Siempre he pensado que es normal que un zapato esté algo sucio: está tocando el suelo. Es de esperar que se manche, no sólo la suela, sino todo el calzado, sobre todo si caminas por más sitios que no sea asfalto o pavimento.

Pero para la ropa sí que no me gustan las manchas. De acuerdo, es normal mancharte y no pasa nada, pero mientras que no estoy dispuesto a ponerme una camisa con una mancha, no me importa si las botas están algo sucias. De hecho, hasta me gusta. Me recuerda de algún modo el contacto con el suelo, la tierra, la base. Es como un símbolo.

Un símbolo de la escritura. Los zapatos han de estar sucios pero la camisa no. La camisa es la historia, en mi caso, una historia de fantasía. Da igual qué tipo de fantasía: urbana, oscura, épica (ya sabes que no soy mucho de etiquetas); la cuestión es que la parte limpia de la historia es también la más artificial. La magia de escribir es hacer que todo ese mundo artificial resulte creíble.

Tan limpio que no parece real

Pero si todo está demasiado limpio, el conjunto puede no resultar real. Imagina a un hombre vestido impecable de los pies a la cabeza. Te puede fascinar, gustar, etc., pero seguro que aparece algún pensamiento del tipo “no es del todo real”, “no encaja”. Piensa por ejemplo en Hercules Poirot, el detective de las novelas de Agatha Chrisite, cuyo aspecto impoluto de pies a cabeza en cualquier lugar provoca siempre esa sensación de “irrealidad” en los personajes que lo ven.

Ese aspecto impecable “no puede ser” porque, cuando camine, cuando interactúe con el mundo, esa perfección desaparecerá. Aunque sea en un uno por ciento. Por eso la imagen será más real desde el principio si ya parte con los zapatos sucios. Tal vez tú prefieras la camisa sucia, la chaqueta, el chaquetón o la gorra; yo, los zapatos.

Una de las novelas que forman el montón de proyectos del que te hablaba antes es una historia de fantasía donde hay una magia relacionada con esconder el alma, junto con otras magias enfrentadas, emperadores déspotas y reinas que buscan el modo de sobrevivir, magos ocultos entre bárbaros… Está en Fase Uno, esto es, libreta llena de notas.

Todo eso es la camisa limpia. Bonito, reluciente. Lo que vas a leer. Pero falta algo de suciedad.

Y hay que ser cuidadoso aquí.

La suciedad es muy susceptible de ser metida con clichés. La típica mancha en la mejilla, las típicas roturas en el pantalón o el vestido siempre en los mismos sitios. Conoces todos esos trucos. Clichés en personajes, o personajes que son clichés en sí mismos y que se supone aportan realismo (suciedad) a la historia. Y no sólo personajes: escenas, subtramas, giros… lo que prefieras.

Pero para que la suciedad sea real, debe ser sutil.

Como la suciedad en los zapatos.

Bajo esa historia de magos ―fíjate en la similitud: digo bajo (por debajo) de esa historia, igual que los zapatos están por debajo de la camisa―, bajo esa capa de camisa limpia ha de haber algo de suciedad. En las mentes, en las emociones, en las acciones. Suciedad que no se ve, y que tal vez incluso no deba verse pero sí notarse. Algo más que solo una camisa bonita, una magia bonita, una escena bonita. Y al mismo tiempo una suciedad que no sea un cliché.

Si la historia mostrase solo los zapatos sucios, sería realismo. Y para mí el realismo per se es más falso que cualquier fantasía. Si quieres realidad puedes ver un documental, y aun así hay montaje. Tal vez el realismo pretenda ser muy real, pero al final acaba siendo falso por dejar fuera justo aquello que es también parte de la vida… para intentar ofrecer una visión más real.

Cuando escribes algo con camisa limpia y zapatos sucios obtienes una historia que es falsa ―claro, es ficción―, pero que tiene un equilibrio entre limpio y sucio que funciona, que hace que tu camisa sea preciosa precisamente por tus botas sucias.

Tan real que no me lo creo

Cuando escribes algo sucio por abajo y limpio por arriba, puedes maravillarte y maravillar con el ejercicio creativo e imaginativo de la parte limpia: magia, dragones, brujas, portales, engendros… pero al mismo tiempo hay algo crudo debajo, algo que al menos en una mínima parte conecta o surge directamente de tus entrañas, algo que sazona la historia lo suficiente como para que toda esa camisa limpia resulte no sólo creíble, sino que nos haga asentir y suspirar.

Si abusamos de lo sucio corremos el riesgo de perder el brillo y, paradójicamente, acabar en el inicio con la camisa más limpia de lo que pretendías. Cuanto más realismo, crudeza, dureza, crítica social, etc., metas en la historia, cuanto más te olvides de que la camisa debe ir limpia, más te acercas a una caricatura de la suciedad que pretendes reflejar, y puedes acabar teniendo una pantomima sensiblera de imitación de realismo.

Si quieres ver un reflejo de lo real del mundo, puedes optar por leer (o escribir) ciertos libros. Pero jamás serán un reflejo exacto, porque alguien te los está contando. Y quien cuenta, crea. Y quien crea, inventa. Y quien inventa, miente.

Y los que cuentan, crean, inventan y mienten tienen un nombre: escritores.

Con más o menos capas de suciedad en los zapatos, al final todas las historias, del tipo que sean, nos cuentan algo real. Algunas salen sin la más mínima mota de polvo; esas ciegan con su brillo, pero solo al principio.

Así que cuando leas una historia, déjate deslumbrar por el brillo de su camisa limpia y a la vez deja que te calen sus botas sucias.

Aunque, ahora que lo pienso… si haces el pino todo se invierte, y entonces tienes una historia de botas sucias y, por debajo, una camisa limpia. Es otra opción.

Cabeza arriba o cabeza abajo, espero que leas buenas historias en este verano, si no las estás leyendo ya.

¡Nos vemos en septiembre!

 

2 Replies to “Escribir con la camisa limpia y los zapatos sucios”

    1. Hola, Esther
      Pues tomo nota y busco iconos de aplausos por si alguien quiere aplaudir en el futuro 🙂
      Muchas gracias por el comentario. Me alegro de que te haya gustado. A veces cuando escribo cosas así tengo la sensación de estar escribiendo tonterías, aunque para mí tengan sentido. Seguiré escribiendo algo así cuando toque, a ver si me llevo otro aplauso.
      Un saludo!

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