Érase una vez… Otoño

otoño en fantasía

Cuando comencé está serie de entradas a principios de año, con el invierno recién llegado, no sabía cómo iba a terminarla. Bueno, sabía que las estaciones son cuatro, y que no hay más. Sabía que, una vez llegado el otoño, la cosa se acababa para volver a empezar de nuevo: esto es un ciclo.

Pero no voy a volver a escribir sobre las cuatro estaciones. Vengo a acabar lo que empecé, que no es más que otro comienzo nuevo.

Y termino (o empiezo) con una pregunta que se me ocurre: ¿No te da la impresión de que el otoño en fantasía está desaprovechado? Puede que no haya leído tanta fantasía como tú, pero en general tengo la sensación de que el otoño, como estación y como metáfora, está un poco dejado de lado.

Me explico. El “crudo invierno” triunfa como escenario: la dureza del clima y la lucha por sobrevivir, ciudades heladas, ropajes a base de pieles y más pieles. La primavera es perfecta con sus flores para un escenario bonito y así contrastar con algún malo muy malo que quiera arrasar con todo ese crecimiento, amén de todo tipo de criaturas de colores, alas y brillo que pueblan el bosque. El verano ofrece cierta estabilidad y sosiego; los días van pasando, la ropa es mucho más ligera, los personajes caminan “bajo un sol abrasador” y tienen tiempo de sobra para aburrirse.

Y el otoño está ahí, como algo de paso, como un tiempo antes del invierno y después del verano.

Y, en efecto, eso es lo que es. Pero también puede ser mucho más.

Es un tiempo para recordar que algunas cosas llegan a su fin, unas para morir y otras para renacer. Es tiempo de ir despacio, de prepararse y hacer acopio y revisión. De pasar de la luz a la oscuridad.

Todos elementos son tanto físicos como mentales, y ambas dimensiones pueden reflejarse en una historia de fantasía.

El fin del crecimiento

Cuando llega el otoño nos pilla un tanto raros. Tenemos ganas de empezar cosas junto con ganas de un poco más de verano, de descanso antes de trabajar. Pero el clima va cambiando, los días se acortan, va llegando el frío y poco a poco todo se ralentiza. O, al menos, eso sería la tendencia natural del cuerpo, aunque las agendas y obligaciones tiren de nosotros.

Otoño es la estación en la que hemos de darnos tiempo. Cuando llega la primavera estamos prestos para salir a que nos dé el sol. Cuando llega el otoño parece una pendiente que nos desliza corriendo hacia el invierno. Pero el otoño tiene su propio tempo.

El “arco narrativo” del otoño es “hacia abajo”, y todos queremos historias trepidantes que en general vayan “hacia arriba”, con algún momento “hacia abajo” como a la mitad, pero poco más. Pero el otoño sigue un río de energía decreciente, hacia un final: nos recuerda que, en el ciclo natural, hay un momento para que las cosas mueran.

Otoño: muerte o hibernación

En los meses de primavera todo está lleno de vida. En verano, está demasiado fuerte y no hay manera de soltarlo. El otoño es el momento idóneo. En otoño todo está cansado y más dispuesto a morir. (Patrick Rothfuss, “El nombre del viento”)

otoño muerte hibernación

Otoño, donde las cosas mueren… o hibernan.

Pero no todo muere. Algunas cosas solo hibernan. Como en las otras entradas sobre las estaciones (tienes los enlaces al final) utilizo la rueda medicinal como símbolo del aspecto cíclico de las estaciones y su dimensión psicológica, asociada a los ciclos personales, de nuevo con Christa Mackinnon como referencia:

El oeste es el final de la estación del crecimiento. En términos humanos, es el fin del crecimiento si evitamos la instrospección (…) En algunas culturas, el animal tótem del oeste es el oso. (Christa Mackinnon)

El lugar del otoño en la rueda medicinal es el Oeste:

El oso hiberna (en) una cueva y de ahí renace. La “guarida del sueño” también se sitúa en el oeste. Nos retiramos para “soñar”, para estar con el espíritu, lejos del mundo de modo que podamos dar a luz a nuestras vidas.

Cosechar y almacenar

La recogida de la cosecha y su almacenaje es un elemento importante que suele aparecer, aunque sea mencionado de pasada, en historias de fantasía en las que las guerras o conflictos similares tienen un papel fundamental. Te recuerdan que las tropas deben comer, además de vestirse y armarse. Y que el pueblo o ciudad, si va a sufrir un asedio, debe tener alimento suficiente para resistir.

Dicho así, apenas ocupa unas líneas, pero en realidad eso puede durar mucho más. Toda una estación, de hecho. Sin embargo, a veces es un recurso accesorio, un elemento que añade tensión a la historia, pero no la historia en sí.

¿Puede una historia sostenerse por completo en la recogida y almacenamiento de comida? ¿Dónde está la emoción en anotar el registro de granos de maíz?

Recoger y guardar, reflexionar, prepararse: acciones necesarias pero tal vez poco vistosas para una historia, ¿no? Sin embargo, son los símbolos de una dimensión psicológica del otoño que se entrelaza con sus aspectos físicos y externos.

Otoño: tiempo de reflexión e introspección

El oeste es donde hacemos instrospección, donde miramos lo oculto, lo desconectado y lo reprimido; lo que el ego no quiere ver como parte de nuestro yo (self). Es el lugar del alma salvaje donde el héroe introspectivo tiene que viajar para descubrir y confrontar por sí mismo los demonios, de modo que pueda conectar con su totalidad como persona, disminuyendo los poderes de las fuerzas oscuras y tomar responsabilidad (Christa Mackinnon)

Es decir, que las fuerzas del Oeste, cuando son bien conducidas, nos enfrentan a nuestra propia sombra y nuestra propia muerte. Ese proceso nos hace capaces de tomar responsabilidad de nuestros propios actos.

Actos que se manifiestan en el mundo exterior. Es de ese modo que “damos forma” a nuestra realidad.

Hay una imagen que seguro te suena. Algo que has leído ya alguna vez en alguna historia, o que has visto en alguna serie. Es algo relacionado con el poder, o mejor dicho, relacionad con qué ocurre cuando una persona alcanza el poder, en especial tras un conflicto. Y es un buen símbolo de esto que te quiero contar.

Imagina un rey de un reino de fantasía. Supongamos que o bien ha llegado al trono tras una batalla contra fuerzas enemigas, y tras expulsarlas, se hace por fin con el control del reino. O puede que haya luchado para no perder esa posición, enfrentándose a todo un ejército de criaturas siniestras, pongamos demonios o agentes de seguros.

En cualquier caso ha logrado vencer y hacerse con el poder.

Eso es: aferrarse. Y ahora mira sus manos, mira como se crispan sobre el trono donde se sienta. Lo peor ha pasado, toca hacer revisión y tal vez, reflexionar sobre lo ocurrido.

Y, si es necesario, hacer cambios.

Cambios en la sociedad, por ejemplo. Hacer obras que la ciudad necesita, reformar edificios, cambiar leyes o salir en busca de aliados que le aseguren la prosperidad para su reino y su pueblo.

O incluso admitir que su tiempo ya ha pasado, su obra ya está hecha, y que lo que debe hacer es retirarse.

Pero te fijas en sus manos: son como garras en torno al cetro o la espada. No quiere perder el poder. No quiere aceptar el cambio. Pero el cambio es inevitable.

otoño rey sombras

Ser rey no es sólo sentarse en el trono. Implica reflexión y sacrificio personal. Una visión de futuro correcta y sana. Todo lo que no tiene este jovencito.

Otoño: tiempo de sombras

Más arriba decía que el otoño es la estación del fin del crecimiento. Me refería a lo físico, a la Naturaleza; pero también tiene su correspondencia en términos humanos: es el fin del crecimiento personal y espiritual si evitamos la introspección.

Hay también un lado oscuro en el Oeste, en el otoño: es el lugar de la puesta de sol, el crepúsculo, de la transición de la luz a la oscuridad:

El lugar de transición en el Oeste está relacionado con las sombras: no está del todo oscuro, pero tampoco es lo bastante luminoso. Esa oscuridad conlleva entregarse a la lucha del ego para evitar la introspección, para evitar la sombra y mantener todo como está. Es el rechazo a tomar completa responsabilidad por nuestro propio crecimiento y desarrollar la manifestación de nuestras vidas. (Christa Mackinnon)

Es el rey pretendiendo que nada cambie cuando el cambio debe tener lugar. No un cambio rápido, sino una transición. Es desolación lo que se le viene a ese reino, una sombra larga que lentamente irá cubriéndolos a todos, sin haber hecho el trabajo necesario para poder sobrevivir al invierno y poder renacer en primavera.

Érase una vez… los ciclos

Cuatro estaciones, cuatro puntos cardinales, cuatro cualidades psicológicas y espirituales. Todas juntas, en movimiento, un ciclo constante de cambio y crecimiento. Sus luces y sus sombras ofrecen muchas opciones para contar historias, para hablarnos de cosas que, aunque fantásticas, no dejan de resonar en nuestro interior.

Catalizadores de cambios personales.

Es la magia y el poder de la fantasía.

Gracias por acompañarme en este viaje. Un viaje que no acaba nunca.

Puedes leer las otras entradas de este viaje: Invierno, Primavera y Verano. Y no suelo pedir que me dejes algún comentario, pero si tienes alguno, me gustaría oírlo.

Feliz otoño (y que disfrutes de las cuatro estaciones)

4 Replies to “Érase una vez… Otoño”

  1. Un drama de otoño que no se pareciera al de Valle Inclán. Anclado en fantasía. Suena genial, Óscar. Esa imagen que planteas del depredador aferrado a su trono es buenísima, como para dar juego al otoño. Joffrey no tuvo tiempo para reflexiones, quizá, demasiado joven, demasiada primavera. Haría falta alguien más maduro (no necesariamente mayor, que ya sabemos lo que hay incluso entre mayores). Difícil para que no parezca un tratado filosófico; o que lo sea sin parecerlo. Con toda la fuerza y la capacidad creativa de quien decida aventurarse.

    No sé si te he dicho que adoro el otoño. Es mi estación favorita.

    Un abrazo literario.

    1. Hola, Marian.
      No me habías dicho que adorabas el otoño, pero hace poco compartiste algunas fotos otoñales en las redes y bueno, até cabos 🙂 De hecho, estaba liado con el borrador de esta entrada y me alegró verla.

      Lo de “demasiada primavera” me parece una frase muy buena. Es más que una frase: es un concepto en sí mismo, es una idea. Algo que tenga “demasiada primavera”. Y es que como es la estación de la explosión, el color, la vida, etc., parece que nunca podemos tener “demasiado” de eso, pero esa es la lección de los ciclos: un poco de todo.

      Lanzas un reto en tu comentario: un drama de otoño que no se parezca al de Valle Inclán. En el instituto, en clase de Literatura, la obra que nos tocó leer fue “Luces de Bohemia”, así que vamos a anotarlo como lectura otoñal. Un drama otoñal anclado en fantasía suena muy bien, ¿verdad?. Tomo nota, tomo nota…

      Abrazo de vuelta, y feliz otoño.

  2. No sé si has leído “Añoranzas y Pesares” de Tad Williams, pero es básicamente un cuento de otoño. Un rey anciano, que trajo la paz a lo reinos y los unió durante años, muere. Cuando su hijo toma el poder, las cosas cambian. Pero es casi calcado al ejemplo que has puesto. La saga atraviesa estación a estación desde el otoño hasta la siguiente primavera y, por supuesto, el brillante verano final.
    En Blackwood la novela comienza en otoño, hacia el final. Cuando el otoño termina y comienza el invierno, es cuando empiezan a suceder los fenómenos extraños… Pero bueno, el protagonista también cae, siguiendo la curva de las hojas. Nunca lo había pensado… pero es verdad… Los ciclos.
    A mí personalmente me afectan bastante —emocional y anímicamente—. Por eso reflejo esos cambios de estado en mi escritura… Además de que en otoño tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para sobreponerme y hacer cosas… Porque me pasaría el día tirado en el sofá bebiendo whisky XD.
    En fin, gran artículo, voy a aprovechar que tengo una cuenta de Hootsuite para programarlo 😉

    1. Hola, Jaume.

      Pues no, no he leído “Añoranzas y Pesares”, pero me lo anoto. Ya llevo dos recomendaciones de lecturas otoñales, una tuya y otra de Marian. Me encanta.

      Los ciclos son una especie de Batalla Hacia la Rendición (lo pongo con mayúsculas para darle como más empaque) Están ahí, cuando resonamos con ellos nos gustan y nos dejamos llevar; cuando nuestra energía va al contrario o desincronizada, entonces nos resistimos, intentamos frenarlos o enmascararlos. A mí también me afectan, y que se reflejen en la escritura me parece fantástico, porque somo seres vivos con nuestros propios ciclos.

      Decía lo de las agendas que tiran de nosotros por eso mismo, porque ahora el cuerpo pide “hacia abajo” (o hacia el sofá y el whisky 🙂 ) Pero no queda otra que seguir adelante. Si al menos puedes reflejar ese estado de ánimo en tu escritura, es fabuloso para ti y para quien te lea.

      Vivan las cuentas de Hootsuite! 😉

      Muchas gracias por comentar. Me alegro de que te guste el artículo. Un abrazo!

      Rectifico: son tres las lecturas que voy anotando para el otoño. También está Blackwood 🙂

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