Hablar sobre el final de Juego de Tronos meses después de que haya acabado la serie no parece relevante. Dar mi opinión sobre el final de Juego de Tronos cuando todo el mundo ha dado su opinión no parece necesario.

Pero allá va de todas formas: es un final cobarde. Se sacrifica la historia en pro de un supuesto placer para el espectador, un final «feliz» o «justo».

Este es mi lema. Si no le gusta… no tengo otro

Era evidente desde el principio. Estaba a la vista de todos desde el mismo inicio.

Esto no lo digo yo. Bueno, sí, lo digo yo ahora, pero no hago más que hacerme eco de lo que alguien dijo en alguno de las decenas de artículos que leí cuando conocimos el final de Juego de Tronos.

Por cierto, dos cosas. Una, aquí hablo de la serie de televisión, no de los libros; dos, si no la has visto, hay grandes spoilers en esta entrada (aunque dudo mucho que no te hayas enterado ya del final)

Nos maravillamos con las casas y sus escudos. Y con sus lemas. Todos estábamos dispuestos a corregir a quien decía que el lema de la casa Lannister es «un Lannister siempre paga sus deudas», porque en realidad es «Oye mi rugido».  ¡Éramos sabios! Nada escapaba a nuestro atento escrutinio.

Nada, salvo el lema de la casa Targaryen: «Fuego y sangre«. También estaba allí, bien a la vista. Pero algo nos pasó. Nos deslumbramos con el fuego, tal vez. Y desde luego ignoramos la sangre; quizás más que ignorarla la justificamos y aceptamos, porque durante toda la serie fue la sangre de los culpables, los malvados.

Y la sangre de los malos no es tan desagradable a la vista, ¿verdad?

Y lo que no vimos, en lo que ni siquiera pensamos, fue en la ceniza. En la última temporada nos dicen que sí, que deberíamos haberla visto porque nos la mostraron, solo que confundimos la ceniza con nieve.

¿En serio?

Fuera nieve o ceniza, el lema estaba claro. No podíamos sorprendernos si Daenerys hacía gala de él llevando el fuego y demarrando sangre allá por donde pasara. Podemos jugar a buscar otros sentidos, a retorcer las palabras: tal vez la «sangre» no sea la sangre derramada sino la propia sangre, la de los Targaryen.

Porque claro, como los Targaryen «llevan la locura en la sangre», no podemos esperar otra cosa de Daenerys.

¿No?

La evolución del personaje

Una de las cosas que más molestó a los seguidores de la serie es que, de la noche a la mañana, Daenerys se «volvió loca». Y esto molestó por varias razones.

Una de ellas es el aburrimiento del cliché: la mujer que se vuelve loca cuando la cosa se pone cruda. En artículos como este consideran ese «volverse loca» como un modo de deslegitimizarla. En este otro lo abordan como una forma de sexismo y de, al final, optar por mantener el status quo.

No el grupo musical, sino la situación.

El problema no era que Daenerys, siendo Targaryen, acabara volviéndose «loca». Después de todo, razones no le faltan (si no para volverse «loca» sí para coger un cabreo monumental): matan a sus amigos y le traiciona el pánfilo de Jon Snow, un personaje que debería haber muerto veinte capítulos antes de haber empezado la serie.

No es ese «giro a la locura» lo que llegaría a molestar, que también, sino el hecho de que no está bien narrado, bien mostrado. No evoluciona como parte del desarrollo del personaje sino que, de un capítulo al siguiente, Daenerys pasa a levantarse con los cuernos (de dragón) revueltos y loca, completamente loca.

Porque no olvidemos una de las Santas Consignas Sagradas de la Literatura. Una sentencia que debería, como tantas otras que se repiten continuamente, tener su propia insignia y convertirse en lema: la evolución del personaje. Pero, ¿de verdad es necesaria la evolución del personaje?

No, no lo es. No sólo no lo es, sino que necesitamos que no sea. ¿Cómo conjugar esa dicotomía? ¿Cómo hacer que el personaje evolucione hasta volverse «loca» y al mismo tiempo mantener un faro que nos guía, un personaje fuerte que se sostenga y resista el empuje de dragones, fuego, ceniza, nieve y locura familiar?

Se me ocurren dos opciones, y las dos están en Juego de Tronos. Una es el pelele-estaca, papel que cumple a la perfección Jon Snow. No hace nada, sólo está ahí como estandarte de unos valores nobles e inamovibles. La otra opción es el personaje-refugio, figura que recae en Tyrion Lannister.

Que nada cambie para que todo siga igual

Juego de Tronos es una historia sucia, desagradable, oscura y cruel. Hay personajes nobles, que se desmarcan de ese fondo general. Pero no perdamos la perspectiva. Es la historia de luchas y más luchas, ambiciones, guerras y miseria. El ser humano en todo su esplendor.

Y su esplendor radica tanto en lo más bajo como en lo más puro.

Tyrion Lannister es «el personaje». Sabes que no va a morir. También sabes que Daenerys no va a morir.

Ya, ya sé…

Tyrion resalta sobre el fondo oscuro general doblemente, no sólo por su forma de ser, su personalidad, sino por ser un Lannister, una familia de esas con las que no quisieras estar emparentado. O si lo estás, no quisieras llevarte mal.

Jon Snow debería haberse quedado muerto. Y un buen final para Tyrion hubiera sido morir a manos de Daenerys. Porque la astucia no siempre triunfa.

Tyrion Lannister es un puerto seguro. En una historia de ambición, odios, pasiones, incestos, asesinatos, infanticidios, masacres, dolor, muertos, etc., Tyrion se erige -sin pretenderlo, y esto es clave- en el anti personaje de la serie. No es fuerte, es el gnomo, alguien destinado a morir en un mundo cruel como el de Juego de Tronos. Pero que sobrevive y va capeando lo que le surge gracias a su inteligencia, astucia y, también hay que decirlo, suerte.

Tyrion sufre, no hay duda.  Pero pese a todo este personaje transita a lo largo de la serie por un camino paralelo. Un camino creado expresamente para el espectador. Tyrion nos recuerda que tú (yo, cualquier espectador) no eres tan malvado como los demás de la serie. Personifica el meterse en el charco y salir sin una mancha. El triunfo final del bueno, de la razón, de la inteligencia.

Él siempre estuvo al margen, como tú. Porque él es mejor que los demás. Como tú. Y cuando mata, lo hace por razones «justas», no vaya a caer en desgracia ante nuestros ojos.

Juego de Tronos es una historia de sangre, fuego y muerte, pero Tyrion es la garantía de que al final saldrás incólume. Pero, ¿quien quiere salir limpio en una historia así? Pues supongo que mucha gente. La gente que quiere ver la serie a vuelo de pájaro (¿recuerdas la intro?)

Pero la vida se vive en el suelo. Y en el suelo hay fuego, sangre y cenizas.

El poder de la ceniza

Jon Snow debería haberse quedado muerto.

Y un buen final para Tyrion hubiera sido morir a manos de Daenerys. Porque la astucia no siempre triunfa. Porque el mundo no es justo.

Y sobre todo porque Juego de Tronos no es un mundo justo. Por eso ese final de cuasi democracia me parece un insulto. Una cobardía. Una falta de agallas para acabar la historia como debería acabar.

Sí, cada cual tiene su final preferido. También lo tengo yo. te lo cuento y te explico por qué.

Vamos a partir del momento culminante de la serie. El que muestra la imagen de cabecera: Daenerys emergiendo con alas de dragón sobre la ruina y la ceniza de Desembarco del Rey.

¿Era necesaria toda esa destrucción? ¿La muerte de toda esa gente inocente? Es posible que, como otra mucha gente, te hicieras esas preguntas cuando viste a La Madre de Dragones arrasando la ciudad, matando indiscriminadamente.

Te contesto con otra pregunta: si te molesta la destrucción y la muerte de inocentes, ¿por qué veías Juego de Tronos? Deja que arriesgue una respuesta: porque llevabas un Tyrion dentro. ¿Ansiabas, quizás, un final justo y feliz? Toda la serie es sobre muerte y destrucción, violencia y ambición. Muerte de culpables y de inocentes. ¿Por qué justo la destrucción de Desembarco del Rey duele tanto?

No, no se volvió loca como su padre. Acéptalo.

Porque Daenerys deja de ser lo que nuestro Tyrion interior quería que fuera para ser lo que es: Fuego y Sangre. No te molestaba mientras la Khaleesi achicharraba a malas personas que se lo merecían, pero cuando mata a gente inocente…

Juego de Tronos no es una historia ni justa ni feliz.

La escena de la escalera, cuando Tyrion se quita el broche de Mano de la Reina, es un buen momento para que muera. A manos de Daenerys, no del dragón. Ni de los guardas. De ella. El fracaso de la palabra, el arma de Tyrion.

¿Y luego? Luego, al Norte. Drogon aterrizando en el patio de Invernalia, frente a Samsa y, por qué no, Arya. ¡Ah, el Norte! Tan sobrevalorado, tan sobreprotegido! ¿Por qué el Norte debe salir indemne en esta historia de destrucción?

No hay nada seguro en Poniente. El muro de hielo cae. Las ciudades son arrasadas. La gente muere. Y disfrutamos con lo «épico»  y «oscuro» de todo esto… siempre que tengamos un pequeño lugar de luz.

No, en mi final, Daenerys llega al Norte y exige que hinquen la rodilla. En mi final, Sansa no lo hace, y tampoco Arya. Y entonces Daenerys arrasa con Sansa y con el Norte. ¡Pobre Sansa! ¡Después de todo lo que ha pasado! Recuerda: la vida no es justa. Poniente no es justo.

¿Es necesaria tanta ceniza? Sí. Y con el Norte arrasado, Daenerys vuelve a Desembarco del Rey y se sienta en el trono. Entre ruinas, sangre, cenizas y muerte.

Y el espectador ve como acaba la serie con Daenerys mirando a cámara. Podemos adivinar pena, dolor, soledad y sufrimiento. Y el placer de una meta conseguida. ¿Demasiado amargo? Mejor eso que el agua templada del final que nos dieron. Mejor quedarte con un pellizco en el estómago. Juego de Tronos y un final «feliz» son cosas incompatibles.

Y lo sabíamos desde el principio. Fuego y Sangre.

Pero teníamos demasiadas balsas a las que agarrarnos: Daenerys, Tyrion, Jon Snow…, y la tentación era grande.