Nada Empieza Nunca

Fantasía, misterio y oscuridad literaria

Cuento de Navidad para escritores

No vas a creer lo que me pasó anoche.

Ya sabes lo que toca en los días últimos del año. Aparte de las cenas y la familia y los regalos. Hablo de esa manía de hacer balance, como si no tuviésemos tiempo de balancearnos durante todo el año. Pero así es nuestra mente, sigue adorando los ritos del tipo que sea, y esta fecha, además de un rito de paciencia, son un excelente rito de transición anual. De balance.

Pues eso, que llevo días haciendo balance. Hay muchas cosas sobre las que puedo balancearme, y sobre algunas incluso me columpio, pero sobre lo de ser escritor es algo en lo que he tenido más tiempo para pensar este mes, y ese tiempo extra lo he acabado dedicando en exclusiva a reflexionar sobre escribir.

Ayer estaba ya saturado de tanto pensar. Pensaba y pensaba sobre donde estaba ahora mismo: con muchas ideas y algunos borradores, todos incompletos; con algunos relatos terminados, con ansias y con miedo de no triunfar, de no ser lo bastante bueno, etc.

Lo de siempre.

Por fin, me fui a dormir pensando, otra vez, en los blogs tan estupendos que tienen todos (menos yo), repasando de nuevo la cantidad de escritores más jóvenes que yo que ya han publicado, en que hubiera pasado si… y un día más me quedé dormido dándole vueltas a lo mismo.

Me despertó un ruido en el salón. Fui a ver, pensando que los gatos habían tirado algo. Era todavía de noche y estaba oscuro, pero cuando llegué no había duda: había alguien allí. Iba a encender la luz cuando la reconocí.

Era Clive Barker.

Un escritor en mi salón

Se supone que debía gritar y eso, o asustarme… pero joder, ¡era Clive Barker!

—Hola, Óscar —dijo—. Siéntate, tenemos que hablar.

Nos sentamos en el sofá. Me dijo que llevaba tiempo oyéndome quejarme de lo mal que iba todo, de que no veía futuro, de todo eso. Utilizando sus poderes, no quiso darme más detalles y no le pregunté, decidió presentarse en mi casa.

—Quiero agradecerte tu devoción —me dijo—, por reconocerme como el Único Dios Verdadero. Esta noche te van a visitar tres escritores. No ha sido fácil reunirlos, pero vendrán a enseñarte algunas cosas. Aprovéchalo.

Y desapareció.

Vale, me quedé allí quieto un rato hasta que me convencí a mí mismo de que todo había sido un sueño, claro. Me había desvelado por completo. Encendí una vela, me tapé con la manta y me quedé como un pasmarote sentado en el sofá mirando la llama oscilar.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí una voz de mujer.

—La naturaleza humana —decía la voz— es sin duda muy interesante. Las reacciones ante lo inesperado o lo extravagante pueden revelar mucho de una persona. Por ejemplo, alguien que acaba de ver a su escritor favorito en su salón y se sienta a mirar la llama de una vela.

La voz provenía de una mujer sentada en una de mis sillas. La reconocí al instante.

Era Agatha Christie.

La escritora del tiempo pasado

Mis gatos habían tirado varias bolas del árbol de navidad por el suelo y jugaban con ellas. Agatha Christie los miraba con vivo interés. Luego miró por encima de mí, hacia la ventana y murmuró:

—Sí, podría ser… unos adornos por el suelo… todos creen que ha sido el gato, el gato siempre está tirándolo todo, pero nadie se fija… la pequeña Mary, ella sí, y lo comenta en la cena… no, en la cena no, tiene que ser antes… y entonces los adornos, ¿o mejor un jarrón? ¡Sí, un jarrón! El que trajeron de Italia… y nadie piensa que… los gatos… Sí, podría funcionar.

Yo miraba extasiado: la Reina del Crimen estaba planeando una historia allí mismo, en mi salón. Tardé en darme cuenta de que me estaba hablando

—¿No tendrías un cuaderno que dejarme? —me dijo.

Yo asentí, y cogí uno de los muchos que hay por toda la casa, uno con tapas verdes. Ella movió la cabeza afirmativamente.

—Este servirá —dijo—. Y ahora, ¿me acompañas?

Yo moví la cabeza afirmativamente también, claro. ¿Qué si no?

De pronto ya no estábamos en mi salón, sino en casa de mis padres, en el patio. Era de día y por cómo estaba el patio supe que estábamos en algún momento del pasado. Agatha Christie estaba a mi lado, con mi cuaderno en la mano. Señaló a una persona sentada en el patio.

Tardas en reconocerte cuando te ves a ti mismo hace treinta años.

Allí estaba yo, con mi desgarbo, mis rizos locos, leyendo una novela, una de Agatha Christie. No recuerdo cual.

—Soy yo —dije.

—Sí —dijo Agatha Christie—. He pensado que te vendría bien ver esto.

—Ver qué, ¿a mi leyendo tus novelas?

—No: a ti creando tus historias —y me dio la libreta de tapas verdes. Estaba llena de anotaciones—. No son mías. Son tuyas. Ábrelo —y me dio la libreta.

Lo hice, y me encontré con mi propia letra. Allí estaban todas las historias que había pensado de niño. Todos los asesinatos planificados siguiendo (o sea, copiando sin remordimiento) el estilo de Agatha Christie; las historias de fantasía inspiradas en El señor de los anillos (inspiradas quiere decir idénticas), historias de fantasmas, góticas, sobrenaturales, de misterio… todas estaban allí.

—¿Te acuerdas? —dijo Agatha Christie.

—Sí, claro.

—¿Por qué empezaste a escribirlas?

—Bueno, las de misterio fue porque… —me daba vergüenza decirlo. Pero ella inclinó la cabeza hacia un lado y me sonrió—. ¡Eh, eso lo hace Poirot! —dije.

Ella se rió.

—Sé por qué las escribiste —dijo.

—Empecé a escribirlas —dije— porque me gustaban y quería hacer algo similar. Y además, cuando me leí todas las suyas, ya no había más. Así que me dije que las escribiría yo.

—Pero no todas están… inspiradas en mis novelas. ¿Qué me dices del resto?

La respuesta era sencilla. Porque eran las historias que quería leer, incluyendo más historias como las de ella misma.

—¿Qué pensabas cuándo las escribías? —me preguntó.

La respuesta vino sola: pensaba que eran buenas, que me haría un escritor famoso. Que eran buenas historias, en definitiva.

—¿Pensaste en no escribirlas? —me preguntó.

No, no lo pensé.

—¿Te comparabas? —otra pregunta.

No, la verdad que no, salvo para inspirarme.

—¿Entonces qué hacías? —me dijo.

—Inventaba historias y quería contarlas.

Agatha Christie miró a mi yo de joven allí leyendo, quien no parecía notar nuestra presencia. ——La naturaleza humana, qué interesante —dijo—. Nos gusta una cosa y nos lanzamos a hacerlo. Es cuando empezamos a cortar el flujo creativo y de diversión cuando se tuerce la cosa. Siempre igual. Quizás los escritores deban fregar más los platos. Bueno, vámonos.

Dicho esto el patio desapareció y ella empezó desaparecer también. Le dije que si podía quedarme con el cuaderno, con todas aquellas historias que escribí y que no conservo. “Lo siento, querido”, me dijo, “pero lo necesito para anotar algunas cosas. No sé cómo no me he dado cuenta antes, ¿verdad? El gato no podría nunca tirar el jarrón porque…”

Y ya no estaba. Y yo estaba de vuelta en mi salón.

Aún era de noche. Volví a liarme en la manta, pero esta vez estaba dispuesto a dormir, así que fui a la nevera a por una cerveza, a ver si así me daba algo de sueño. Cuando volví al salón, un hombre estaba sentado en una silla a la mesa.

Cuando me di cuenta de quién era, casi tiro la cerveza al suelo.

Neil Gaiman.

El escritor del tiempo presente

—Sería mucho mejor un chocolate caliente, ¿no crees?— dijo. Y yo con la cerveza en la mano.

—No tengo chocolate —dije.

—Pero yo sí.

Y sobre la mesa había dos tazas de chocolate humeante.

—Siéntate —dijo Neil Gaiman.

Dejé la cerveza en la mesa y puse las manos en torno a la taza de chocolate que tenía delante. Gaiman sostenía la otra.

—¿Tú eres el segundo escritor? — le pregunté.

—Eso parece. Aunque no vengo sólo.

En el pasillo se oía jaleo. Papeles. Entonces un hombre entró en el salón con un puñado de folios en la mano, de los que guardo en la estantería del pasillo. No había duda de quién era.

Brandon Sanderson.

Dejó unos folios y un bolígrafo junto a Gaiman y luego fue directo a la mesa donde está el ordenador, se hizo un hueco y comenzó a escribir. Parecía escribir frases, bocetos de mapas, dibujos…

—¿Él es el tercero? —dije.

—No. Los dos contamos como una visita, al parecer —dijo Gaiman mientras cogía el bolígrafo que había dejado Sanderson y comenzaba a escribir algo en un folio.

—¿Por qué? —pregunté.

—Eso es cosa tuya, creo. Parece ser que no podíamos venir uno u otro; teníamos que ser los dos. Por lo que he podido averiguar, si hubiésemos venido sólo uno de los dos, la visita sería incompleta.

Asentí con la cabeza, como si lo entendiera. Y creo que lo entendía.

—No le digas nada —le dije a Gaiman, bajando la voz—, pero me aburre su segundo libro de Nacidos de la bruma

No sé si Sanderson me oyó, pero se levantó y señaló un libro de la estantería.

—¿Y qué me dices de este? —dijo.

Señalaba Elantris.

Gaiman me preguntó qué tenía ese libro de especial (sobre todo para haber conseguido que Sanderson dejase de escribir por un momento) Le dije que ese libro fue el que me conectó de nuevo con la lectura y con las ganas de escribir.

—Bueno —dije—, ¿nos vamos ya?

—¿Ir a donde? —dijo Gaiman, quien seguía escribiendo, al igual que sanderson que había vuelto a sentarse donde estaba antes.

—¿No me llevas a algún sitio? —dije

Entonces Gaiman le pidió a uno de mis gatos que le trajera una bola del árbol. Así, como suena. ¡Y el gato lo hizo! Fue, cogió una bola del árbol y se la llevó a Gaiman.

Sujetó la bola encima de la taza de chocolate y dejó que el humo del chocolate la envolviera.

—Vamos a hacer magia con esto —dijo, mientras me indicaba que mirase la bola.

—Entonces no vamos a ningún sitio —dije yo.

—Todo lo que necesitas ver está aquí —dijo Gaiman, mirando a su vez la bola. En la bola sólo se veía el reflejo de mi salón: yo mirando la bolita, Gaiman sosteniéndola con una mano y el bolígrafo en la otra, y Sanderson escribiendo en la otra mesa.

—¿Y qué necesito ver? —dije.

Pero Gaiman no dijo nada. Yo volví a preguntar, a ver si me daba alguna pista o algo. Sanderson se levantó, fue una estantería, cogió un libro y me lo dio. Era un libro con dos relatos suyos: Legión y El alma del emperador.

—Ya lo he leído —le dije.

—Lo sé —dijo Sanderson—. Antes no leías relatos. Ni los escribías. —Y se volvió a la mesa a escribir.

—¿Qué estás haciendo ahora? —me preguntó Gaiman.

No sabía qué responder, así que no dije nada. Seguía sosteniendo la bola, y yo seguía viendo a Gaiman y a Sanderson escribiendo…

“Todo lo que necesitas ver está aquí”

—Los dos estáis escribiendo —dije—. ¿Es eso?

Sanderson se levantó, sonriendo. Recogió el libro y lo puso en su sitio. Llevaba los folios en la mano. Iba para el pasillo pero se paró junto a Gaiman.

—¿Cuáles son las reglas de esa magia de la bola y el humo? —le preguntó a Gaiman.

—Luego te lo digo —dijo Gaiman, guiñándome un ojo sin que Sanderson lo viera.

Sanderson no parecía muy convencido con esa respuesta. Se fue por el pasillo. Gaiman le dio la bola al gato quien la colocó de nuevo en el árbol. Alucinante.

—¿Tienes galletas? —preguntó Gaiman.

—Sí, espera, están en la cocina— respondí.

Me levanté a por ellas. Cuando volví, no había ni rastro de Gaiman. Ni de las tazas de chocolate. Ni de Sanderson. Nada.

Imagínate. Hacía unos segundos tenía a dos escritores escribiendo en mi salón, y de pronto no estaban. Ni tampoco nada de lo que habían escrito.

“¿Qué estás haciendo ahora? Todo lo que necesitas está aquí.”

Sentí un escalofrío y la clara sensación de que alguien me miraba. Pero no había nadie más allí, sólo la oscuridad de la habitación.

Y de una esquina, esa oscuridad salió y me saludó.

El escritor del tiempo futuro

En realidad era una sombra con forma de silueta. O una silueta de sombra, como prefieras. A esas alturas ya no me iba a sorprender por nada, pero me molestaba no verle la cara. Se acercó un poco más y me saludó de nuevo con la mano. Ni siquiera a dos metros frente a mí podía verle el rostro, solo una silueta negra.

—Hola —dije.

Levantó la mano y me saludó de nuevo.

—Genial, no hablas —dije—. ¿Quieres folios? Total, aquí cada cual hace lo que quiere…

La sombra negó con la cabeza. Supongo que era una cabeza.

—Vale, está bien —dije—. Pues venga, te toca, ¿no?

La sombra asintió con la cabeza (digo yo que sería la cabeza) y ya no estábamos en mi salón, sino en el salón de otra persona, no sé de quién. Había un hombre tumbado en su sofá con un ebook en la mano, leyendo. La sombra le señaló con su brazo de sombra.

—¿Qué quieres que haga? —dije.

La sombra no dijo nada. Me animé a acercarme un poco. No nos veía, eso estaba claro, porque estábamos enfrente.

—¿Y ahora qué? —susurré, aunque el hombre en el sofá no podía oírnos.

La sombra señaló de nuevo al hombre. No tenía ni idea de qué hacer, y como a aquellas alturas me daba todo igual, me subí al sofá y me puse junto al hombre a ver qué leía. Leí la página que él estaba leyendo, y luego la siguiente. Me bajé del sofá.

—Yo conozco lo que está leyendo —dije.

La sombra asintió y luego todo se oscureció por un momento, para darme cuenta luego de que estábamos en un dormitorio desconocido. Una chica leía un libro tumbada en la cama. La sombra la señaló. ¿También tenía que mirar?

No me hizo falta echar un vistazo por encima de su hombro. Vi la portada. El titulo. Me giré hacia la sombra con la boca abierta.

—Pero… no es igual, pero… no puede ser —dije—. ¿Lo es?

La sombra no dijo nada.

—El del otro hombre estaba bastante cambiado —dije— pero este… es igual, o sea, es casi el mismo título, pero yo tengo sólo cuatro o cinco folios con la idea y…

La sombra hizo un gesto para que me callara (o eso entendí yo, a saber si no se estaba rascando la nariz, si es que tenía nariz) y todo se volvió oscuro por un momento, para luego volver la luz a una habitación que no conocía, pero tenía algo familiar. Había un hombre de espaldas escribiendo. Fui para él de cabeza pero la sombra me detuvo. Le miré (como si fuera a servir de algo) y me dijo que no con su cabeza de sombra. Además elevó un dedo de sombra delante de lo que sería la cara. Estaba claro, que me callara.

El hombre se detuvo un momento como si hubiera advertido nuestra presencia. Lo conocía, claro que sí. Juraría que sabía que estábamos ahí, como si…  y ya no tuve tiempo de más, porque todo desapareció. Y nada más tomó forma.

—Vale, vale —dije, en medio de ninguna parte—, entonces, ¿esto es lo que va a pasar?

La sombra se encogió de hombros mientras sacaba algo de un pliegue de su sombra y me lo dio.

Una bola de adorno de árbol de navidad.

La que había cogido Gaiman.

Miré mi reflejo en la bola y cuando levanté la cabeza, estaba de nuevo en mi salón, con la bola de árbol de navidad en la mano. La sombra se había ido.

—Bueno, pues ya está —dijo una voz detrás de mí.

Sentado en una silla, estaba Clive Barker de nuevo.

Nada empieza nunca

—Ya sabes, ¿no? —dijo Barker.

Yo no sabía a qué se refería.

—¿El qué tengo que saber? —dije—. He visto algo del pasado y algo del futuro; bueno, y también del presente, pero…

Barker se levantó. Yo no tenía muy claro de qué iba todo aquello, cuál era la moraleja final o lo que fuera.

—Nada empieza nunca —dijo Barker.

Me quedé de piedra. Imagínate cómo se me quedó el cuerpo. Ahí frente a mí, Clive Barker diciendo mi frase favorita. Se echó a reír.

—Cualquier inicio sirve igual —dijo—. ¿Hoy? Hoy no sería un inicio absoluto, puedes remontarte atrás. ¿Pero a cuando? ¿Ayer? ¿La semana pasada? ¿Hace un mes? ¿Un año? ¿La adolescencia? Cualquier inicio te vale igual. ¿Y mañana? ¿Y dentro de un año? Son inicios igual de buenos. ¿Cuándo sería el inicio auténtico?

Me encogí de hombros

—Pues eso —dijo Barker—, que nada empieza nunca. Bueno, pero eso ya lo sabes.

Me saludó con la manó y se fue por el pasillo. Lo seguí pero ya no estaba.

Me volví al sofá, me senté e intenté poner orden en mi cabeza. Debí quedarme dormido porque amanecí en el sofá.

Y bueno, todo ha sido un sueño rarísimo. Supongo que por estar cerca fin de año y eso, los ciclos, las cosas que se cierran, las que se abren, los balances…

Porque ha sido un sueño, seguro. No ha podido pasar de verdad.

Aunque no encuentro mi cuaderno de tapas verdes. Y lo he buscado por toda la casa.

7 Comentarios

  1. ¡Muy bueno! Yo también aprovecho los últimos días del año para hacer balance, aunque lo cierto es que suelo pecar de marcarme objetivos demasiado ambiciosos que después son imposibles de cumplir. Es mucho mejor echar la vista atrás para ver todo el camino que hemos recorrido ¡que nunca es poco! Me han encantado el relato y la reflexión ♥

    • Hola, Elena,

      Es una de las cosas que tienen estas fechas, que tendemos a hacer balance a veces incluso si no te lo planteas.
      Te animo a marcarte objetivos, pero es verdad que a veces se nos va la mano y como dices nos ponemos objetivos difíciles. Pero para este año que viene nos vamos a dar margen y ánimos para trabajar en ellos, ¿qué te parece?

      Me alegro de que te haya gustado el relato y la reflexión. Me ha gustado mucho escribirlo y es genial ver que a la gente le está gustando. En el fondo creo que estoy contando una historia común a todos los que nos gusta escribir y contar historias, aunque cada cual tenga sus escritores particulares 🙂

      Un abrazo!

  2. Genial relato. Me siento tan identificada que me da ánimos saber que todos pasamos por las mismas sensaciones. El miedo a no gustar, a que nadie te lea, a trabajar duro y no recibir ningún comentario y ni siquiera un anónimo like.
    Me gusta tu relato porque te hace pensar en que todos tenemos temores pero debemos enfrentarnos a ellos y no dejar de luchar.
    Gracias!

    • Hola, Sandra.

      Muchas gracias. Sí, esos temores que comentas son comunes para todos. En mi caso siguen estando ahí, pero los compenso, o combato, con una especie de salto al vacío y de confianza: confiar en lo que escribes, en tus ideas, etc., dándote permiso a equivocarte y sobre todo disfrutando. Así que como bien dices, a seguir adelante.
      Un saludo!

  3. Como si lo hubiera escrito yo mismo, estoy sintiendo precisamente eso. Tengo que completar mi novela del NaNo y ponerme con toda la corrección; mientras dejaba reposar el texto, me puse a leer blogs y libros sobre autopublicación y me abrumaron cosa buena. ¿Merece todo esto la pena? ¿Por una novela que no le va a interesar a nadie? Procuraré imaginarme a Gaiman y a Sanderson en mi salón dándome capones.

    • Hola,
      No sabes si la novela le va a interesar a alguien o no. Eso es el gran miedo: ¿le gustará a alguien lo que escribo? Yo estoy seguro de que sí, pero de cualquier modo el trabajo que nos toca es hacerlo lo mejor que podamos, darlo todo y… pasar a otra. Acabar cosas. Luego vuelves y revisas y cambias, y puede que esté meses ahí en un cajón (yo tengo algunas así), pero hay que lanzarse a eso: a escribir y seguir.

      Tómate con calma los blogs y post de consejos y ayuda. A medida que vayas leyendo y consultando, verás los que te son útiles y los que no. Me parece bien que vayas mirando mientras dejas reposar la novela.

      Acaba, deja reposar, empieza otra, acaba, revisa la anterior, escribe relatos cortos… y así una y otra vez.

      Paciencia y constancia. Y te lo digo yo, que la constancia no es mi fuerte, pero también aprendes a dejar sitio a momentos de quietud y pausa (pero que no duren más de la cuenta!)

      Quien sabe, lo mismo en las navidades de 2019 recibes tú alguna visita 🙂

      Gracias por comentar. Un saludo!

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