Cuenta, no muestres

muestra no cuentes

¿Conoces lo de “muestra, no cuentes“?

Pues deja que te cuente.

Esta semana no iba a escribir nada. Eso te lo iba a mostrar la ausencia de entrada durante esta semana. Pero han pasado cosas, ni muy relevantes ni muy significativas, que han hecho que ahora mismo, a las 22:08 del viernes, me siente ante el teclado a contarte esto.

Te podría mostrar todo lo que me ha llevado hasta aquí, hasta el momento en que escribo esto. Tendría que remontarme tiempo atrás, bastante, para “comenzar mi historia por el principio de ella”. No sé cuál sería el momento exacto: ya sabes que nada empieza nunca. Pero si hemos de concretar un inicio sería ese momento en el que, después de leer una y otra vez el consejo de “muestra, no cuentes”, me dije a mí mismo que eso me parecía una tontería.

Pero deja que te muestre algo antes.

¿Una imagen vale más que mil palabras?

Rosalinda se asoma a la ventana. Sus pies avanzan vacilantes desde la cama de la que se ha levantado con lentitud, moviendo cada miembro de su cuerpo por separado, tensando los músculos hasta que un rictus de dolor ha cruzado su rostro, para luego hacer lo mismo con el siguiente miembro y volver el rictus a hacer su aparición. 

Ya en la ventana, apoya sus manos pequeñas y huesudas sobre el alféizar. La ventana está abierta, echa su cuerpo hacia delante hasta apoyarlo de modo que se sostiene solo gracias a la tensión de los músculos de sus piernas y de sus brazos.

Abajo, en el jardín, sus hermanas pequeñas juegan con el perro de la familia. Corren de un lado a otro y ninguna vuelve la cabeza hacia arriba. Rosalinda sigue el movimiento de sus hermanas con los ojos. Aprieta los dientes y crispa las manos sobre el alféizar. Las uñas arañan la piedra. Sus ojos se humedecen mientras sigue con atención los juegos de sus hermanas. 

Bien, y ahora te pregunto: ¿Qué le pasa a Rosalinda?

Es cierto, no tienes datos suficientes. No sabes nada más que lo que acabo de contarte. O si lo prefieres, lo que acabo de mostrarte. No es un texto que aspire a pasar a la historia de la prosa. Es solo un ejemplo.

Tienes toda la razón en recriminarme que no puedes saber lo que le pasa a Rosalinda con tan poca información. Tendría que seguir contándote -perdón, mostrándote- cosas para que pudieras dar un veredicto.

De acuerdo, te muestro algo más.

Allí de pie asomada en la ventana con todos los músculos de sus piernas tensas, Rosalinda oía el latido de su corazón golpeando en sus sienes, cada vez con más fuerza. Junto a sus hermanas, George, el jardinero, podaba unos rosales que formaban un macizo en un lateral del jardín. De vez en cuando, George miraba a las niñas y sonreía cuando el perro ladraba con fuerza y se abalanzaba hacia alguna de ellas, haciendo que estas chillasen sin dejar de reír. 

Rosalinda tragó saliva y cerró los ojos por un momento Alargó un brazo hasta el marco de la ventana mientras notaba como la oscuridad intentaba envolverla. Agarrada con fuerza a la madera, esperó hasta que pudo abrir los ojos de nuevo, y entonces despegó los labios. Estaban agrietados, secos, y el aire entró en su garganta haciendo que se le escapase un gemido. Soltó la mano de la ventana y la sacudió en un movimiento carente de fuerza y vitalidad. De su boca no salió ninguna palabra, salvo un prolongado y agónico suspiro.

Bien, ¿lo tienes más claro ahora?

¿Qué está pasando?

¿Está Rosalinda enferma? ¿Drogada? ¿Fingiendo? ¿Intenta avisar al jardinero, a sus hermanas, al perro? ¿Sabes lo que está pensando? ¿Sabes lo que quiere hacer?

En realidad he hecho un poco de “trampa”. No he seguido al pie de la letra el “muestra, no cuentes”. ¿Puedes ver dónde?

En las hermanas. Te he contado -no mostrado- que son sus hermanas.  ¿Como hacer para mostrártelo? ¡Ah, claro!

Rosalinda miraba cómo en el patio tres jovencitas de pelo rubio largo jugaban con un perro pequeño al que hacían correr de un lado a otro lanzando un palo que el animal perseguía ladrando y saltando. Apoyada en la ventana, con su pelo rubio pegado a la frente y sin peinar, no quitaba ojo del ritmo del juego: cómo una de ellas cogía el palo con sus dedos largos y huesudos y lo lanzaba hacia otra de las niñas, que repetía la misma operación, y así continuamente. Dedos largos y finos que se iban manchando un poco cada vez que, en su turno, cada una lanzaba el palo para deleite del perro.

Un poco rebuscado, pero podría servir para mostrarte que hay un parecido entre Rosalinda y las niñas que juegan con el perro. Aunque, ahora que caigo, si no te cuento -perdón, muestro- la edad de Rosalinda, quizás pienses que son sus hijas.

Pues vamos a arreglarlo.

Rosalinda…

¡Oh, venga ya!

Cuéntame un cuento: “Érase una vez…”

No sé, a partir de lo que te he “mostrado”, qué crees que está pasando.

¿Me dejas que te lo cuente?

Con un gran esfuerzo, Rosalinda logró levantarse de la cama. Esas criaturas del demonio casi lo consiguen, Podía oír las voces de sus hermanas pequeñas jugando en el patio. Apenas podía moverse, y llegar hasta la ventana le costó un gran esfuerzo. Pero tenía que hacerlo. Aquellas tres niñas sin corazón la habían envenenado, posiblemente con el té de la mañana que le habían subido a la habitación. A Rosalinda le parecía terrible dudar de sus hermanas, albergar ese horror en su corazón y en su mente, y por eso se obligó a sí misma a tomarse el té, aunque lo hizo con miedo. Pero tenía razón sobre tales temores. Confiaba en que haberse bebido solo la mitad de la taza le hubiera salvado.

Apoyada como podía en la ventana, su corazón se aceleró al verlas abajo jugando con el perro. Aún tenía tiempo. Sin embargo, no tenía fuerzas. Levantó la mano e intentó llamar a George, pero su garganta no respondía. No era capaz más que de emitir un gemido que no llegaba a grito. George estaba afanado podando los rosales. Rosalinda sabía que en cuanto pasara al siguiente seto, en la parte de dentro del macizo de rosales del jardín, sus hermanas irían a por él y le clavarían el otro par de tijeras de podar en la espalda. Era su infantil y absurda venganza por haberlas regañado días atrás al verlas cortar tres rosas que aún no habían abierto. Rosalinda las había oído planearlo todo, y ella, la hermana mayor, la única que podía haberlo impedido, era un obstáculo del que creían se habían deshecho. 

No era así, pero tampoco podía hacer mucho ya. George había pasado a otro rosal y sus hermanas iban directas hacia él. 

¿Te lo cuento o quieres verlo por ti mismo?

O puede que…

… Rosalinda sabía que George la había envenenado. Apenas podía moverse. Su corazón latía con demasiada fuerza ante el esfuerzo de ponerse en pie e ir hasta la ventana a avisar a sus hermanas, que jugaban inocentes en el jardín.

La semana pasada habían cortado a escondidas tres rosas de esos estúpidos rosales que George cultivaba con tanto esmero. Nunca le había gusta ese hombre. El modo de cuidar esas flores siempre le había parecido siniestro. Y la noche anterior, cuando le sorprendió mirando a sus hermanas con aquellos ojos vidriosos y las tijeras de podar en la mano, tuvo un escalofrío. Él se dio cuenta, y por eso cuando por la mañana le había traído un té a la cama debería haber sospechado. Pero no lo hizo, y se lo había tomado casi todo. Por suerte, no entero. Quizás por eso le quedaban fuerzas para llegar hasta la ventana e intentar avisar a sus hermanas. Pero no le salía la voz, no era capaz de gritar mientras veía a George acercarse a las niñas que jugaban con el perro sin darse cuenta de nada…

Si no lo veo, no lo leo

Dejemos a Rosalinda, que bastante tiene, y deja que te muestre una cosa, y te cuente algo sobre ella.

Se trata de un libro: Escribir ficción. Es una guía sobre cómo escribir ficción, escrito a partir de  unos talleres de escritura creativa. Lo descubrí no hace mucho. Antes que él, había leído decenas de consejos por Internet. Y cuando comencé a leer el libro (llevo sólo una parte) descubrí algunas cosas interesantes.

Una era que muchos de esos consejos que había leído aquí y allá estaban sacados de ese libro. La otra, que el famoso consejo “muestra, no cuentes”, al que solo le falta aparecer en los sobres de azúcar, no era exactamente así. Se cuenta en el libro, aunque no es el único sitio donde se cuenta que esa frase tan simple hay que enmarcarla en un contexto mayor.

Pero en cualquier caso, es una frase que desde el mismo principio en que la leí me pareció extraña. Me chirriaba. Así, como te lo cuento.

La entiendo. Sé lo que quiere decir. Si quieres contar que Rosalinda está asustada, no digas que está asustada: muéstralo. Describe cómo los latidos de su corazón aumentan, cómo le tiembla el labio, o como mueve los ojos… o cualquier otra cosa.

Pero ¡por Dios!, no digas “Rosalinda estaba asustada” O nerviosa. O excitada. O aburrida.

Como con casi todo, el problema con esta regla de “muestra, no cuentes” surge cuando se lleva al extremo, y admito que mostrar puede enriquecer la narrativa o, mejor aún, crear incertidumbre. Hacerte creer una cosa y que luego sea otra.

Eso, en el fondo, es un truco visual. Como si fueras un ilusionista.

Sin embargo, soy partidario de contar por encima de mostrar; al menos, de que lo primero prime sobre lo segundo. Escribo cosas, cuento historias. Bastante tengo con verlas en mi mente y luego convertirlas en palabras. Quien sabe, tal vez debería haberme dedicado al cine…

Contar y mostrar: todo es empezar

Esta reflexión, si es que llega a ser una reflexión, no surge de ahora. No se me ha ocurrido hoy. Lo que ha hecho que ponga todo esto por escrito, te lo cuente y te lo muestre, se debe a que estoy leyendo Un mago de Terramar, de Ursula K. Le Guin. Su narrativa me ha cautivado por completo. Posee esa magia rítmica y musical del cuento bien contado. Las palabras te mecen como creo que debe hacer un buen cuento, una buena historia, incluso si es oscura o tenebrosa.

Tal vez contar por encima de mostrar sea más propio de un relato o un cuento, como te decía al contarte lo que había aprendido de Neil Gaiman. Aunque esto tampoco es cierto: un cuento o relato que solo se centre en mostrar algo puede ser maravilloso. Supongo que todo radica en la intención del escritor, en qué quieres lograr.

Y entonces eliges entre contar y mostrar, y cuándo usar una u otra.

Así, como te lo cuento.

No sé qué prefieres tú.

 

 

2 Replies to “Cuenta, no muestres”

  1. Hola, Óscar: la verdad es que nos quedamos pegados a ciertos mandatos, los tomamos como mantras y ni siquiera los cuestionamos.O nos resistimos a verlos desde otro lugar, con lo necesaria que es la mirada extrañada para un escritor. Creo que hay un desafío ahí.

    Siguiendo tu recomendación, aquí lo dejo escrito: un buen post.

    Un abrazo.

    1. Hola Marian,
      Lo del desafío asoma, sí. A raíz de esto mismo, hablando con Nicholas Avedon por Twitter, me decía que unos preferían ser espectadores y otros partícipes. No sé si mostrar te hace partícipe y contar, espectador, pero desde luego es un binomio a explorar, y sobre todo a retorcer a nuestro gusto para alcanzar el mejor modo posible de narrar una historia, esa historia en particular en cada momento.

      Muchas gracias por comentar 🙂 ¡Ya sabes lo que valoro tus palabras!
      Un abrazo.

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