Aunque el 1 de enero es arbitrario como inicio de año (podría ser cualquier otro día) una vez más nos enfrentamos al tránsito conocido de comenzar un nuevo ciclo.

Mucha gente tiene listas de propósitos, metas, objetivos. Yo no, o finjo no tenerla, o procuro olvidarla. Un propósito para este año es sacarme el carnet de conducir.

Creo que hay que mandar a la mierda los propósitos para este año, para cualquier año en realidad. Que les jodan. Como psicólogo conozco la importancia de establecer metas plausibles y generar rutina, blablablá.

¿En qué se diferencian las nuevas metas de las antiguas, la lista de este año de la del año pasado? Hay muchos chistes y memes por ahí sobre el reutilizar la misma lista para años consecutivos cambiando sólo algunos propósitos, y eso es porque en el fondo sabemos dos cosas.

Una es que no hemos alcanzado las metas anteriores, de las listas pasadas, pero no siempre por ser flojos o poco persistentes, o por no tener una rutina, sino porque pasan cosas. Como en las mejores historias, al protagonista le suceden imprevistos (a veces golpes de suerte) que le impiden que llegue al castillo o al gimnasio.

La otra es que seguimos queriendo lo mismo en el fondo. Tal vez lo mismo que queríamos cuando éramos pequeños. La lista se repite en su mayoría, se copia de un año al siguiente. Se añaden cosas nuevas, sí, como sacarse el carnet de conducir (eso no estaba en la lista cuando tenía 12 años)

Hay una presión ejercida por todos y por nadie cada vez que empieza un año nuevo. Es cierto que nadie se presenta en tu puerta el 1 de enero con una lista de obligaciones. Somos nosotros los que redactamos esa lista de deseos. Ahora fíjate en las dos palabras que he marcado en negrita en las frases anteriores y comprueba si tu lista para este año es de una de esas palabras o de la otra.

La cara oculta de los propósitos es que cuando no se alcanzan o no se cumplen hay que copiarlos de nuevo en la lista del año siguiente. Como si vas a la tienda a comprar pero no tienen café: no tachas el café de la lista, queda pendiente. Por eso cada vez que empieza el año sentimos esa (de)presión porque ya deberíamos haber comprado el café el año pasado.

Vuelvo a lo de las obligaciones y los deseos y me doy cuenta de que la cosa se me complica porque no sé, de todas las cosas de la lista de este año, si deseo todas las obligaciones que hay ni si me tengo que obligar a cumplir (o alcanzar) todos los deseos.

Sí sé que voy a seguir diciendo y escribiendo tacos, así que al carajo las listas y los propósitos, que no a los deseos (y tampoco a algunas obligaciones, por desgracia) Siempre me ha gustado el inicio del año, siempre me ha parecido una celebración con algo de magia, así que te propongo un hechizo: toma tu lista de propósitos para este año, si la tienes, y quémala. Y luego ve pasando las páginas del año para ver qué aventuras nos trae.

Sé ambicioso en deseos y aventuras. No te limites a tener una lista de propósitos como puertos seguros. Que sean más bien posibles destinos.

2 Comments

  • Has dado en el clavo. ¿Y si en vez de una lista de propósitos, hacemos una lista de deseos? Le quita presión al asunto. Yo soy de las que no hago listas de propósitos a primeros de año; la tengo permanente, voy tachando, voy añadiendo. Las fechas me la traen al pairo.

  • ¡Hola, María! Gracias por comentar, que alegría poder «hablar» con alguien 🙂

    Yo creo que de algún modo todos llevamos una lista permanente, pero está presión de «eh, que es 1 de enero» y entonces hay que añadir cosas nuevas (porque «soltamos» lo viejo… ya, ya) y además hay que cumplirlo antes de que acabe el año. Qué tensión, ¿no?

    Sí a la lista de deseos que dices. Porque al final un deseo te moviliza si es un deseo potente para ti. Y lo mismo no llegas a ese deseo pero te encamina hacia otros puertos (estoy muy marítimo) y no vas con una ruta trazada del punto A al punto B, sino que te lanzas a la mar en dirección oeste, digamos, pero en esa dirección puedes hallar mil cosas. ¡Sí a los deseos!

    Un abrazo enorme!

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