El verano como escenario y símbolo en las novelas de fantasía.

Llego tarde con esta entrada porque el verano está más cerca de su final que su inicio, pero nunca es tarde para un verano.

Verano, playa, piscina y fotos de piernas

Haz una prueba: busca en Internet lo siguiente: «el verano en novelas de fantasía». Puedes hacerlo en inglés si quieres. Vas a obtener el mismo tipo de resultado en ambos casos, el mismo que encontré cuando hice lo propio con el invierno y la primavera: una lista de recomendaciones para leer en verano. No encuentras nada sobre el significado del verano en novelas de fantasía, sobre el simbolismo del verano (o cualquier otra estación) en historias de fantasía, del tipo de que sean: épica, oscura, urbana… Quizás encuentras algo en la segunda o tercera página de Google, lo que indica la poca relevancia que tiene el tema.

Lo que encontramos, con respecto a cada estación, es una lista de recomendaciones de lecturas y los complementos necesarios para leer; en el caso del verano necesitas hamaca, piscina o playa y un zumo al lado.

Pero esto es importante. Nos seguimos rigiendo en gran parte por las estaciones, resonando con el cambio de una a otra aunque vivamos en ciudades en donde las condiciones propias de cada estación (calor, frío, lluvia…) quedan fuera de los muros y las podemos ignorar gracias a aire acondicionado o la calefacción; disponemos de frutas de otras temporadas en casi cualquier momento del año, etc. 

Pero el verano tiene ese algo especial en que «nos relajamos». Y como estamos más relajados, parece que preferimos leer cosas más «sencillas», lecturas más «ligeras» para escapar o desconectar. Esto tiene un potente mensaje oculto: el verano es para leer libros sencillitos, libros que se leen sin esfuerzo. ¿Por qué? Porque queremos descansar, porque estamos relajados, con menos atención… ¿Es el verano una estación que nos hace… vulnerables a posibles ataques?

Tenemos el verano y a los humanos que, según parece, bajamos la guardia y nos tumbamos al sol a ver pasar el día.  Por otro lado está el aburrimiento. Y para combatirlo, las aventuras.

Las aventuras son para el verano

Un clásico de las novelas juveniles, al menos de las que yo leí en su momento, era que algo interesante pasaba en verano. Cuando todo parecía indicar en la historia que iba a ser un verano aburrido tenía lugar algo que daba comienzo a una aventura que, muy adecuadamente, terminaba justo al acabar el verano.  Este tipo de historias creaban un vínculo conmigo porque representaban el verano que yo quería tener, uno de aventuras y misterios.  No hace falta que la historia tenga lugar en verano: nos vale cualquier época del año, pero el hastío del verano es un escenario perfecto para que algo tenga lugar, algo que convierta la rutina de los días largos e iguales en un desafío, un peligro.  Quizás básicamente porque, en teoría, tenemos tiempo en verano. Pero se me ocurre otra idea: en verano disminuye el ruido. No hablo de ruido ambiental, del ruido de la ciudad. Es cierto que en general las ciudades se quedan más calmadas en verano, aunque sea un poco. Y cuando eliminas el ruido en un lugar, ya sea en una señal de radio o en una ciudad, puedes percibir mejor cosas que antes te pasaban inadvertidas. De pronto la misma ciudad de todos los días es diferente. 

Imagina una historia de fantasía urbana en donde el protagonista comienza a darse cuenta de que hay algo raro en ciertas calles de su ciudad durante el verano. Son las mismas calles, pero hay menos gente en ellas, nadie quiere andar bajo el sol… y el protagonista se va dando cuenta de que algo está surgiendo, paseándose, ganando terreno; algo que quizás ya estaba antes y no había visto.

Verano y la Rueda Medicinal

Christa Mackinnon en su libro Shamanism and spirituality in therapeutic practice (Chamanismo y espiritualidad en la práctica terapéutica) nos cuenta lo siguiente sobre el Sur en la rueda medicinal, asociado al verano:

Es el momento del crecimiento y por tanto el lugar donde reside el niño en crecimiento, con su belleza, su inocencia, su juego, su maravilla, pero también su herida. En términos psicológicos, el sur está asociado con el niño interior. Es el lugar donde encontramos nuestro self emocional; nuestros patrones emocionales en forma de miedos, ira, heridas, dolor, vergüenza y algún sistema de creencias que viene desde nuestra infancia y está profundamente arraigado

Christa Mackinnon

El verano se presenta como un periodo que combina la inocencia y la vuelta al niño interior junto con la aparición de traumas y patrones cuya raíz se remontaría a la infancia. Es decir, un periodo que conecta raíces y frutos. Un tiempo donde las cosas maduran, donde las cosas afloran.  Como el ejemplo que ponía más arriba, la de la historia de fantasía urbana que tiene lugar durante el verano en la propia ciudad del protagonista: es una especie de temor que yo llamo «de raíz y fruto», es decir, descubrir que algo ha ido pasando delante de ti durante bastante tiempo, pero sólo ahora te das cuenta.

Verano: escenario de fantasía

Repasemos lo que tenemos hasta ahora.

Tenemos la tendencia a entender el verano como el periodo de relax y desconexión, es decir, dejamos los flancos desatendidos. Estamos más relajados, disfrutando de un tiempo de descanso.  Por otro lado está esa ausencia de «ruido» que hace que el verano sea un momento perfecto para notar cosas que antes, aun estando ahí, no veías.  Y como acabamos de ver, el verano es una estación donde afloran cosas que tuvieron su origen mucho más atrás, ya sea en forma de sistema de creencias según nos dice Mackinnon, ya sea como la aparición de una amenaza en una historia, algo que nadie supo ver, algo de lo que nadie se dio cuenta, tan solo algunos (seguramente, brujos, brujas, magos o chamanes) que supieron ver las primeras señales en su momento (tal vez allá por el invierno) y han tenido ocasión de prepararse para ello.  Porque una amenaza que hace aparición en verano puede dejar poco tiempo de reacción: afloran nuestros patrones emocionales, y los patrones son formas habituales de responder.

Imaginemos una historia de fantasía en donde todo un pueblo respondiendo a un nuevo miedo, a un nuevo enemigo, de la misma forma que han hecho siempre. Pensemos también en la «vergüenza» que podrían experimentar algunos personajes de la historia, protagonistas o secundarios, por no «haberlo visto venir», «no haber sabido ver las señales».

En verano todo adquiere ese tono monótono donde parece que no pasa nada, que el tiempo se detiene. Todos los habitantes de tu reino de fantasía pasan un día como el anterior, y el siguiente lo mismo. El verano podría ser también un buen momento para que algo comenzara a fraguarse, a escondidas, como si tal cosa. Quizás en las largas noches en la taberna, en reuniones bajo las estrellas o sentados a la orilla de un río.  Es el contrapunto al invierno, y lo mismo podemos recoger los frutos de lo que haya germinado durante la primavera que podemos comenzar a preparar lo que va a ocurrir en el otoño…

Si te ha gustado esto puedes leer Érase una vez invierno y Érase una vez primavera.


Como esta entrada la publiqué por primera vez en junio de 2018 quiero incluir los dos comentarios que hicieron dos lectoras. Marian Ruiz decía:

aprecio tu ingenio para montarte una entrada vinculando verano y fantasía. Eso sí: coincidirás conmigo en que a la oscuridad le son más propicias otras temporadas

Marian Ruiz Garrido

Mi respuesta fue: ¿Hay oscuridad más temible que una que se despliegue ante nosotros a plena luz? No será un bosque sombrío, ni una noche sin luna; será ese pequeño run-run, ese personaje extraño que no cuadra en el entorno, ese hecho raro que ignoramos porque hace demasiada calor, quizás. Y total, seguro que no es nada. Y cuando nos damos cuenta, ya nos ha pillado.

Y Ana Calatayud me dijo:

El verano siempre ha sido mi estación del año favorita (…) no tengo que esconderme bajo capas y capas de ropa, pone a prueba mi ingenio para no aburrirme, descubro mi lado más oscuro en esas noches en las que el calor no te deja dormir y tu mente hace cosas raras… Sin duda, una estación más que propicia para la fantasía, aunque solo sea para fraguar esa oscuridad que se desatará más adelante con el frío…

Ana Calatayud

Me pareció muy interesante su comentario. Le respondí: Lo de «no esconderse» bajo capas de ropa me sugiere el paralelismo de no esconder nada, de mostrarse: una amenaza, una revelación a pleno sol de verano. Y lo de poner a prueba el ingenio para no aburrirse es muy bueno: ¿qué hacemos con tanto tiempo libre? Rumiar, buscar aventuras, y así estamos más propensos a todas esas cosas raras que dices: dejamos la puerta entreabierta a ver si pasa algo… 

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