La frase del título es mía. Es muy probable que alguien ya la haya dicho antes, o alguna otra muy parecida. Es una especie de mantra para mí, uno en el que creo fervientemente.

Adoro la magia. Adoro las historias donde hay magia, sean historias de fantasía épica, oscura o u cualquier otra. Me da igual si son juveniles o adultas (distinción que muchas veces carece de sentido a los ojos del lector, en mi opinión)

Me gusta tanto esa frase y la tengo tan presente porque en numerosas ocasiones me da la impresión de que toda la corriente fantástica opina de forma diferente: que la magia tiene que tener un límite, que hay una cantidad «justa» de magia. Y esa es una idea que no comparto ni soporto.

Se me agolpan en la cabeza varias ideas, incluso entradas – algunas que ya escribí – sobre estos límites a la magia: las reglas, las normas, evitar el «lo hizo un mago»… Todas esas entradas están guardadas a la espera de ser revisadas y vueltas a sacar a la luz aquí. Pero hasta ese entonces puedo soltar algunas de ellas a modo de esbozo, como un trazo en el suelo hecho con una rama en un bosque.

Una de ellas la expresó mejor que yo alguien no recuerdo dónde, probablemente Twitter: un hastío hacia el hecho de que la magia estuviera siempre, o casi siempre, ligada a un sistema de batalla. Más aún, que formara parte de una historia donde hubiese guerras y combates, de modo que al final quedase reducida a poco más que un arma sofisticada. Por ejemplo esto lo he visto en la mayoría de los libros de Sanderson que he leído (salvo en esa joya que es Elantris y, si no recuerdo mal, en El aliento de los dioses).

Lo que esta idea expone es que parece que la magia, por sí sola, no es suficiente como tema, o tropo, o lo que quieras. Que no basta con la magia, que hace falta algo más ligado a ella y, normalmente, por encima de ella. Aquí es cuando mi mente va una y otra vez a los Cuentos de Terramar, de Ursula K. LeGuin, con esa magia tan íntima que empapa toda la historia, a los personajes y a cada palabra que dicen y acción que realizan.

No estoy para nada de acuerdo, por supuesto. Creo que la magia por sí sola es suficiente; entonces, ¿por qué siempre ese afán por someterla, por no convertirla nunca en el tema principal, por constreñirla y ponerla al servicio de la historia principal?

Tal vez porque la magia representa una cosa. Bueno, dos cosas. Una, la magia habitual que encuentro en las novelas de fantasía, se refiere a poderes o habilidades con las que un personaje nace o que alcanza tras un proceso de aprendizaje y práctica. Este tema requerirá volver a él en el futuro: el aprendiz de magia y su evolución. Este tipo de trama esconde trucos y clichés. Uno de los más alabados y seguidos es el de las reglas de la magia. Buscaré en mi biblioteca de entradas antiguas una que tengo sobre eso.

La otra cosa que representa la magia es la incertidumbre, lo desconocido, algo sobrenatural que nos supera, algo que no tenemos por qué comprender, manejar, dominar ni aprender. Y esto último creo que es clave para entender por qué existe, según lo veo yo, ese impulso para doblegar la magia: porque nos recuerda que el mundo esconde mucho más de lo que vemos a simple vista; que hay fuerzas que juegan con otras normas y otras leyes, ignotas para nosotros.

Creo que esa idea resulta tan aberrante (y les da miedo) para algunas personas, incluidos escritores, que optan por ponerle a la magia una correa y hacer «que les sirva» para su historia.

Y entonces la magia deja de ser el argumento para ser una filigrana. La magia no puede ser el enemigo porque a los enemigos hay que destruirlos y los héroes han de salir victoriosos. A la magia no se le permite ser sino tan sólo aparecer en la historia, ceñida a normas y reglas.

Algunas reglas atañen a la magia en la propia historia y se refieren, por ejemplo, a qué ha de hacer el personaje para producir magia. Otras, más poderosas, traspasan los limites de la novela y obligan a ciertas cosas, tales como que nada puede ser «hecho por un mago». No pueden aparecer bancos de niebla mágicos sin razón aparente porque entonces la protagonista no puede combatirlos. No puede haber un hechizo que no pueda romperse o un conjuro que no pueda entenderse. A la magia no se le deja ser lo que es, lo que puede ser: algo que nos rodea, que no comprendemos, que es mayor que nosotros mismos. Y es cuando se llega al momento doloroso en el que la persona dice: «ya es suficiente magia».

Pero no.

Nunca hay demasiada magia.

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