No sé qué voy a escribir en esta entrada, pero voy a escribirlo. Ese es el «problema» de no llevar un blog estructurado, seoado, con un público objetivo claro y una intención cristalina. Esa es también la gran ventaja, la gran liberación.

Por no tener, no tengo ni título aún para lo que quiero contarte. Por no tener, no tengo ni voluntad de editar ni corregir nada de lo que escriba, salvo faltas ortográficas, claro. Lo que tengo son ideas y ni eso siquiera: impresiones, cositas que te rondan.

Tengo la necesidad de decir algo y que ese algo sea mío. Podría tomar una de las muchas entradas antiguas que tengo guardadas y darles un saneo bueno, como he hecho con otras, y dártela. Pero no es eso lo que quiero hoy.

Hoy quiero escribir.

Sí, de eso va la cosa, de escribir.

Las cosas, así en general, no van solas. Creo que van de tres en tres. Hay por ahí una regla de escritura que se llama (oh, qué originalidad) la regla del tres. Hay un refrán que dice que no hay dos sin tres. Y sean tres o cuatro, o sólo (sí, con tilde, siempre) dos, en definitiva las cosas no vienen solas.

Porque nada empieza nunca, ya sabes. Lo dice Clive Barker en Sortilegio, pero no voy a hablar de Barker.

Tampoco voy a hablarte de consejos, aunque tengo cosas escritas sobre ellos. No, no quiero consejos. No doy consejos. Y te recomiendo vivamente que te alejes de los consejos de escritura.

Creo que ya tengo título para esto: escribir.

Si huyes de los consejos obtienes dos victorias. La primera es dejar de leer una y otra vez lo mismo, cosas refritas que ya se han dicho en la mayoría de las veces antes y mejor. Te ahorras leer cada semana cuáles son las características imprescindibles para construir un buen villano o cómo debe ser tu sistema de magia para que funcione.

Ah, la magia y sus reglas y sus sistemas. La magia amordazada, controlada y al servicio de la historia, pero nunca la historia en sí. Pero no voy a hablar de magia hoy.

La otra victoria que obtienes apartándote como zorro solitario del círculo de los blogs consejeros es no caer en la tentación de ser uno de ellos. Lo sé porque yo caí. No en dar consejos (alguno di, creo…) sino en convertirte en alguien que planifica un blog de escritor.

No se planifica un blog de escritor. Vale, vale… creo que ya voy llegando a donde quiero llegar.

A escribir.

Ya he contado que abrí mi blog «de escritor» allá por 2015 y que fueron unos años horribles porque fue iniciar ese blog y joder la escritura. Un relato de 13.000 palabras que no es muy malo se quedó ahí sin revisar, y otro que podría ser una novela corta que me gustaba mucho se quedó a menos de la mitad.

Aprovecho y te doy un consejo: no tengas «blog de escritor». Échale cojones, ovarios o cualquier otro órgano, víscera, sangre (tuyos, preferentemente; no nos metamos en líos) y ten «un blog».

Un blog donde escribirás mierdas como esta misma que yo estoy escribiendo ahora. Que no está optimizada, que no tiene público objetivo, que probablemente no guste a quienes me leen normalmente (o tal vez sí…)

O tal vez sí… porque ahí está la cosilla esa a donde quiero llegar pero no termino de hacerlo.

No tengo ni idea de fantasía, ni de literatura ni de nada. Por eso esto no es un blog de reseñas, ni de literatura, ni de escritor.

Alto. De eso sí lo es. De escritor.

Cuando te digo que le eches agallas a escribir un blog, sin más, te estoy pidiendo un enorme esfuerzo. Mucho trabajo, mucho más que tener plantillas de temas, utilizar el SEO para posicionar tu entrada y poner fotos para que la gente no se aburra leyendo tu entrada. Si te aburres leyendo un texto sin fotos… chao, chao, bambino!

Te estoy pidiendo que hables como escritor, como persona que construye historias, que las imagina, que les da vida. No me hables de fichas de personajes, trucos narrativos, escaletas… de eso ya han hablado otros antes y seguramente mucho mejor que tú.

¿Sabes de lo que NUNCA NADIE HA HABLADO ANTES?

De ti.

Te lo repito: DE TI

Nadie, nunca. Y si lo han hecho jamás podrán hacerlo como lo harías tú, porque es tu vida, tu prisma de escritor, el modo en que ves el mundo, las razones por las que escribes, qué quieres conseguir, que quieres mostrar, qué pretendes…

Así que hoy, que quería escribir algo pero no sabía qué, que tenía mucho material que podía reciclar pero no he querido hacerlo, hoy me he sentado frente al ordenador, he buscado una foto (la que acompaña a esta entrada) y he escrito. Porque se trata de eso. De escribir.

Pero cuidado. Soy consciente de la contradicción: te digo que no doy consejos y toda esta arenga bloguera suena como un consejo. Por eso acabo con un aviso final:

NO ME HAGAS NI PUTO CASO

Quiero decir, esto que digo vale sólo para mí. Como lo que dice aquella persona sobre «cómo debes iniciar tu novela» o lo que dice aquél otro (sí, también con tilde) sobre «cómo deben ser tus personajes». Esas cosas no valen más allá de quien las escribe. No es como «el uso correcto de la coma», por ejemplo.

Y creo que ya he terminado. Ese es otro buen consejo: «cómo saber cuándo debes terminar tu historia».

Ahora voy a darle a publicar antes de que me pueda el impulso de decir «¿de verdad voy a publicar esto?», porque resulta que sí quiero publicarlo.

Escribir. Sí, de eso iba. O esa era la intención.

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