Narrativa fantástica y el triunfo de la imaginación

Perderse en el margen de la fantasía

Perderse es una de las cosas más maravillosas que podemos hacer. Pero perderse bien. Andar por el margen. Perderse en la fantasía que tal vez sea el único lugar donde no estamos realmente perdidos.

Estoy leyendo El arte de perderse, de Rebecca Solnit. Perderse es un arte, pero sólo perderse bien. En uno de los capítulos habla de Cabeza de Vaca y como se «perdió» en su exploración del Nuevo Mundo. Habla de esos niños secuestrados por los indios nativos americanos que pasaban a sustituir a un familiar muerto de la familia que los secuestraba. Esas personas se perdían desde el punto de vista de la familias originales. Pero pasaba el tiempo y algunas se daban cuenta de que no estaban perdidos. Cuando estás en nuevos terrenos, te haces de ese terreno y te das cuenta de que no estás perdido. Y que no necesitas que te rescaten.

Todo nuestro mundo o sociedad se empeña en rescatarnos de los libros. «¡Vuelve al mundo real!» es una frase que es probable hayas oído alguna vez. Perderte en cuevas que albergan tesoros, en bosques mágicos, en mansiones encantadas es un acto reprobable del que al parecer has de ser rescatado. La vida es esta, aquí, y eso otro -la lectura, la magia, la fantasía- es un margen, una distracción. Como lo son los caminos secundarios que nos desvían del principal.

Rebecca Solnit habla de algunas de esas mujeres que fueron secuestradas, criadas con los indios y luego tuvieron la «suerte» de ser rescatadas, traídas de nuevo a su lugar. Se acabó el estar perdidos. Pero ese rescate era más un traslado a un nuevo cautiverio, tal vez más auténtico, porque esa persona que se había perdido (desde el punto de vista de quien la echa de menos, de a quien se la arrebatan) resulta que había dejado de estar perdida. A veces cuanto más nos perdemos más nos encontramos.

Ese mismo día que leí a Rebecca Solnit leí esta entrada de Isaac Belmar sobre los márgenes y los rincones. Y en mi cabeza ambas ideas se unieron y encajaron.

En una historia de fantasía, de misterio uno se pierde. La magia y lo extraño ocurre en los márgenes de nuestra realidad, y si de nuestra realidad hemos desterrado ambas cosas entonces la fantasía, las novelas, nos conducen al margen, al sendero que se separa del camino principal. Nos ayuda a perdernos. En ese margen, algunas personas como yo y tal vez como tú aprovechamos para descansar, para nutrirnos, para encontrarnos a nosotros mismos. Porque pertenecemos más a un mundo de magia que a uno de asfalto, por ejemplo. O porque, como yo mismo, preferiría perderme por senderos de bosques encantados llevando mi túnica de mago.

Cuando te gusta escribir, como a mí, no te basta con leer esos mundos. Además, quieres crearlos. Y ya está, eso es todo, así de simple. Decides voluntariamente perderte en mundos que tú mismo construyes.

Escribí un comentario en la entrada de Isaac Belmar diciendo que a veces a fuerza de vivir (de hollar, que tiene una connotación de pisar, de transitar, que me gusta) en el margen lo acabamos convirtiendo en el camino principal. Pero también me preguntaba que si eso ocurría, ¿se perdía algo? Quizás los márgenes deban seguir siendo los márgenes, y los rincones, los rincones. Quizás perdernos en la fantasía como acto de ida y vuelta sólo se sostenga por un tiempo. Quizás haya que cruzar, salirse del camino y perderse por completo entre magos, dragones, bosques, casas encantadas, fantasmas y demás misterios e incertidumbres.

Si puedes volver al punto del que partiste, no estás realmente perdido.

Hace un tiempo decía que podemos abordar el misterio de dos formas: queriendo resolverlo o limitándonos a vivirlo. A veces cuando leemos estamos deseando cerrar el libro, salirnos de ese margen, y volver a nuestra realidad (una especie de auto-rescate) porque hemos encontrado algo en el libro que nos ayuda en nuestro mundo. Algo que nos sirve para dibujar un mapa, o que nos permite hacer una anotación en nuestro mapa de la realidad, una realidad que puede ser decepcionante. Hacemos una anotación al margen, siempre al margen. Las cosas importantes suelen ir al margen, fuera de lo principal, porque rompen la lógica y la cohesión de lo normal; es lo que hace la fantasía, por ejemplo.

Pero hay veces en las que sin duda preferiríamos quedarnos en el margen, no cerrar el libro nunca porque duele. A veces el margen se come al camino y de paso nos come a nosotros. Y en esas ocasiones coincide que hay veces que queremos ser devorados. Que nadie venga a rescatarnos porque no estamos perdidos.

Nos da miedo irnos a los márgenes y perdernos en ellos por dos razones. Una es porque no podamos volver. Otra es porque no queramos volver.

2 comentarios

  1. Viajerapordiversion

    Muy interesante 😊 gracias

    • oscariborra

      Hola

      Me alegro de que te haya parecido interesante. No es para menos siendo tú una viajera por diversión 🙂
      Un saludo,
      Óscar

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