Tener un sentido en la vida no es tener un objetivo. Es ir hacia un lado y no hacia el otro. Y eso es algo que puede cambiar cuando tú quieras. Una dirección es una línea que va hacia dos extremos: esos extremos son los sentidos.

La línea puede ser recta o sinuosa, pero su sentido lo determina el que vayas hacia uno de los extremos o hacia el otro. Sustituye la línea por un camino. Camino, sentido, dirección y objetivos son palabras que cogidas de la mano. En cuanto pronuncias una el resto se activan y te hacen creer que no puedes aislar una de otra. Olvida el camino e imagina un sendero; me gusta más esa palabra, sendero. En una dirección va hacia la montaña que está un poco más allá. Sí, es muy probable que llegue hasta la cima, quién sabe. En la otra dirección va hacia el mar, más abajo. ¿En qué sentido lo vas a recorrer?

Puedes elegir tomar el sentido hacia la montaña, aunque tu objetivo no sea llegar a la cima. Que cojas esa dirección y camines hacia la montaña no significa que por obligación tengas que hacer cumbre. ¿Cuál es tu objetivo, entonces?

Tu objetivo es tu sentido. Esa es la meta.

El sentido de caminar hacia la montaña, aunque luego te desvíes y tomes otro sentido, rodees la ladera y llegues a un pueblo.

Confundimos sentido con objetivo, con meta. “El sentido de la vida” no es alcanzar objetivos, aunque alcanzar objetivos te ayuda a seguir con ese sentido, y a veces es algo inevitable en el propio camino

Sí, a veces alcanzar objetivos es algo inevitable. ¿Suena raro, verdad? Nos venden que los objetivos son algo por lo que hemos de luchar, algo que hemos de alcanzar. Entonces, ¿qué sentido tendría querer evitar un objetivo?

Si eliges el sentido hacia la montaña (y no tienes que dar explicaciones de por qué eliges la montaña en lugar de ir hacia el mar) será inevitable que alcances algunos objetivos en el camino aunque no quieras. El primero ya lo has conseguido, sin darte cuenta.

Has elegido un sentido.

Quizás al cabo de un rato te canses, te aburras o cambies de opinión, y decidas cambiar de dirección. Pero no significa que hayas cambiado de metas o de objetivos.

Si tu objetivo era caminar, y ahora vas hacia el mar en lugar de la montaña, lo sigues haciendo bien. Si tu objetivo era explorar, y no conoces ni esa montaña ni ese mar, si no conoces ni el camino que lleva a un lado o a otro, entonces también lo estás haciendo bien. Sigues alcanzando objetivos aunque hayas cambiado de dirección y sentido.

Por ejemplo, mi objetivo es hacer cumbre. Entonces estoy en la buena dirección y voy en el buen sentido. Pero llegar a lo alto no es el sentido de mi vida en ese momento, no es siquiera el sentido de lo que estoy haciendo. Voy hacia la montaña, haré cumbre (salvo que ocurra algo que me lo impida, sea externo o por voluntad propia) y luego, ¿qué?

Pues luego el sentido no se agota. A veces llegamos a esas cumbres o esas orillas y desaparece el sentido, incluso el sentido de por qué lo hicimos. Estamos en el punto final de la línea, en uno de sus extremos. Hemos de trazar otra ruta, otras metas, otros objetivos.

Hemos de buscarnos otro sentido.

Por eso el sentido de la vida, así a lo gordo, no es llegar aquí o allí. Es ir hacia allí o allá, y tampoco eso.

Esto que digo es el sentido en el que yo voy en el momento en que escribo esto.

Quizás mañana mi sentido sea otro.