Estamos en la época del año en la que la frontera con el más allá se diluye. Da la impresión de que sólo en esta fecha se abren las puertas entre nuestro mundo y ese otro mundo de seres fallecidos, fantasmas, espíritus y toda suerte de seres que suponemos habitan en ese «otro lado». O al menos, que esa puerta se abre con más facilidad. Pero en realidad los caminos que van de un mundo a otro (que tal vez no sean más que el mismo mundo) siempre están abiertos.

Cada vez tenemos más tradiciones en esta fecha que nos ilustran cómo es ese otro lado y quiénes viven en él. Junto con los fantasmas clásicos góticos, los espectros victorianos (que por fortuna no pasan nunca de moda) podemos ver vampiros variados, hombres lobo de diverso pelaje, payasos supuestamente aterradores (algunos son sólo grotescos), calaveras con gran profusión de colores y flores alrededor y mujeres con ropa blanca y melena negra tapando la cara. También las brujas de gorro de pico y los zombis de vaqueros rasgados.

Pero como siempre sucede cuando colocamos el foco sobre una parte del escenario, otra parte se queda en sombra. El resto del año, más allá de Halloween, ese otro lado se convierte en la sombra del escenario y nuestro mundo aburrido (sin brujas ni zombis, ni vampiros ni espectros) se lleva toda la iluminación. Nuestro mundo se separa y se olvida de muertos y apariciones, de contactos de ultratumba, de mujeres con el pelo cubriendo la cara.

No. En realidad no es así.

Ambos mundos siguen unidos, entrelazados. Quienes fallecieron siguen aquí con nosotros. Algunos como recuerdos, otros como pesadillas. Su presencia, aún intangible, merodea por las casas. Su opinión muda nos sigue afectando en lo que hacemos, lo que pensamos. A veces están en la cama con nosotros e incluso nos llevamos a algunos al terapeuta para desenredar su influencia de nuestras decisiones.

El terror y la fantasía nos recuerdan constantemente que en cualquier momento del año, sea verano o invierno, ese otro mundo puede alargar la mano para tocarnos. No estamos a salvo de la visita de una aparición en ningún momento. No podemos estar nunca seguros de que el entramado de nuestra realidad no se haya cosido en gran parte con hebras que vienen de otros lugares, rincones sin iluminar, olvidados de un Halloween a otro.

¿Cuál es nuestra relación con ese otro lado más allá de Hallowen? Más allá de calaveras y esqueletos, de lugares comunes, de fantasmas blanquecinos.

Por ejemplo, esa tía nuestra que siempre «ha visto cosas» y a la que no hacemos mucho caso. Esa sensación de presencia cualquier día, mientras friegas los platos o ves la televisión. Ese sueño extraño que te tiene preocupado todo el día siguiente porque tiene una cualidad diferente al resto de los sueños. Esa visita al tanatorio cuando muere un amigo, o un familiar de un amigo, donde la persona fallecida está protegida dentro de su ataúd y detrás de un cristal.

Protegida. ¿Quién está protegida? ¿El muerto o tú?

Halloween hace explícito lo implícito. Todos los focos apuntan al mismo lado. Nos disfrazamos, un acto psicológico de catarsis por excelencia. Somos el vampiro. Somos la bruja. Somos el muerto, el otro lado, lo oscuro, el misterio.

Pero el resto del año no hay disfraces ni calabazas. No hay falsas telas de araña de algodón. Sin embargo nuestro mundo y ese «otro» mundo siguen en contacto. Cada día. La gente sigue viendo a seres fallecidos ahí, en mitad de su cocina, tal vez un breve instante. Los sueños continúan llegando a nuestra cabeza por las noches. Nos aferramos a la luz que el foco proyecta en lo cotidiano como si lo cotidiano estuviera a salvo de todo lo que ese otro lado alberga.

¿No es el mejor terror aquél que sucede en lo cotidiano? La casa encantada a la que vamos a pasar un fin de semana a través de una novela es sin duda un escenario perfecto para que el terror se despliegue, el horror nos alcance. Allí, en la casa.

Pero, ¿y aquí? Ahí, de hecho. Justo a tu lado. Sentado en el sofá o en una silla la figura de un familiar que murió hace años. O la presencia del Mal, sea lo que sea lo que entiendas por Mal. Ese terror que tiene lugar entre llevar a los niños al colegio e ir luego a hacer la compra. Ese momento. Justo en ese momento, igual que en Halloween, nuestro mundo y ese otro mundo están igual de abrazados.

La fantasía, el terror y el horror inciden en que ese abrazo suele dar miedo. Es inesperado y casi siempre mal recibido. Hemos de librarnos de él. De todo aquello que no tenga cabida en nuestra luz si no viene bajo un disfraz.

Pero tu tía sigue viendo «cosas» cualquier martes. Tú, cualquier mañana, puedes notar que hay «alguien» o «algo» ahí contigo, en tu salón. Las puertas de ese otro lado se abren desde ambas partes y en ambas direcciones. El umbral se diluye cada día.

«Esto es Halloween» (dice la canción).

Siempre es Halloween.

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