Seguro que has oído hablar del ego, en general, y del ego del escritor, en particular. Cada cual tiene su ego y por tanto existen un ego del mecánico, de la ingeniera, del amo de casa y del bailarín. Pero es el ego del lector de lo que quiero hablarte, por dos razones: una, porque del ego del escritor ya han escrito muchas personas antes que yo y quiero destacar; dos, porque nadie habla del ego del lector.

En estos días he vuelto a moverme en Twitter del mismo modo improductivo y caótico de siempre. No deben perderse las buenas costumbres. Y lo he hecho hablando del ego del escritor.

También he hablado de la fornicación entre Jon y Hen (personajes ficticios) frente a la fornicación entre Jon y Ada (el mismo Jon de antes y otro personaje ficticio). Pero eso es otra historia. Bichead si queréis.

El ego del escritor (que no le interesa a nadie)

Hay respuestas interesantes a mi tweet sobre el ego. Casi puede dibujarse una idea común a ellas: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de ego? En psicología el constructo del ego es complejo y necesario, un tema que va más allá de «tienes mucho ego», «trascender al ego» o «destruir el ego». Creo que cuando la gente habla del ego del escritor se refieren a «cabezonería» (mi propuesta), «vanidad» (palabra elegida por Marié Campos Alvarez) y «egolatría» (término elegido por Ana González Duque).

En resumen, hay un comportamiento tonto, irracional, que nos impide aceptar críticas o ayuda (ego como vanidad o egolatría) y un constructo psicológico muy necesario (y que si está bien construido y es permeable, la cosa marcha de maravilla): el ego. Vamos a llamar a este segundo ego «identidad».

Y ahora vamos a pasar olímpicamente de los escritores y su ego (lo que nos interesa son sus libros) y vamos a hablar de ti, lector o lectora. De ti y de tu enorme, desmesurado y monstruoso ego. De ambos egos, en realidad.

El (cabezota y desagradable) ego del lector

Tú tienes ambos egos. El cabezota y el constructo sano de «identidad» (lo pongo entre comillas porque es simplificar mucho pero nos puede servir). Ambos se relacionan. Mejor o peor, pero se relacionan.

Tú, querido lector, eres tremendamente cabezota. Sólo quieres leer esto o aquello. No quieres que tal o cual elemento, trama, tropo, tipo de personaje, etc., aparezca en una novela. o por el contrario es lo único que quieres que aparezca. Eres egoísta, ególatra y cansino. Y eso es fabuloso.

Ese ego vanidoso es el que nos hace ir una y otra vez a las mismas estanterías de la librería, del mismo modo que yo no respiro tranquilo y feliz hasta que llego al rincón de fantasía en mi librería habitual (o en cualquier otra). Y una vez que tenemos los pies en el charco que nos gusta nuestro ego se pone en marcha.

«Este no lo leo, que no me convence», porque no salen magos. «Este… paso», porque el autor es español/extranjero/hombre/mujer/cosa/un botijo/señoro/feminista/alguien que odias/tu primo, etc., y tú por ahí no pasas. «Tiene buena pinta, pero…», ¡y tras ese pero caben tantas cosas!. Es una trilogía y estás harto de trilogías (y con razón), te parece igual a ese otro que acabas de leer o -atención a esto- no se parece en nada a lo que acabas de leer. A lo que lees habitualmente.

El ego como vanidad, orgullo, egolatría, etc., se niega a leer nada que no sea lo mismo. O hace que compres ese libro precisamente porque es algo diferente a lo que sueles leer (pero no muy diferente). El ego, este ego «chungo», no se apea del burro de lo que conoce. Por cabezonerío.

Que le den a ese ego. Vamos a por el otro.

El (oscuro y maravilloso) ego del lector

Llegados a este párrafo puede que digas: «a mí no me pasa eso, yo leo de todo». Vale, genial. Pero si te callas un momento y me dejas desarrollar mi caótica línea argumental (como es habitual) verás a dónde te quiero llevar.

Porque está el ego entendido como identidad. Tú tienes un ego de lector. Es decir, una identidad acerca de las cosas que lees, que quieres leer. Has construido un lore (me encanta esa palabra): un depósito de impresiones, emociones, ideas, escenarios… a partir de cada historia que has leído que buscan crear un mundo que de cabida a tu identidad.

Suena muy profundo y abstracto, ¿verdad? Es mi especialidad.

Nuestro ego de lector, es decir, nuestra identidad y la cosas que la conforman de las que buscamos en las novelas, se nutre de unas historias y no de otras. Puedes leer fantasía y también histórica, claro. Pero ese lore, ese ego -esa identidad-, se alimenta de forma selectiva.

¿Por qué leemos el mismo tipo de historias? En parte porque los escritores escriben sobre lo mismo (tema, trama, ideas, tropos, cosas que les preocupan). Entre toda esa profusión de historias buscamos algo que perfile nuestro ego, nuestra identidad.

Buscamos aventura o evasión; buscamos cuestionarnos el papel del maestro o del alumno; queremos un lugar donde reflexionar sobre el día después, sobre el fin de las aventuras, sobre la razón para luchar o amar. Las historias nos devuelven esas cuestiones escritas por otras personas (cada cual con su propia visión del mundo, claro) y se produce la unión entre la novela y tu ego, tu identidad. Algunos elementos traspasan la barrera, provocan una remodelación de tu ego/identidad. ¿Esa sensación cuando un libro te ha «removido algo»? Eso es.

El ego (infinito) del lector

Pero ese proceso nunca acaba. Siempre hay algo más que falta por alcanzar, y entonces volvemos a la estantería de fantasía, o de historia o de lo-que-sea para volver a confrontar nuestra identidad, a revisarla a buscar pregutnas y respuestas. Aquí el otro ego, el cabezota, a veces no te deja probar con un libro «distinto» cuando tal vez pueda ofrecerte ese algo nuevo que buscas.

Moraleja: atrévete a leer cosas nuevas.

Moraleja segunda: sé siempre muy cabezota. Porque ese ego que parece «malo» (el del cabezonerío) es justo el que puede salvarte el culo al mantenerte en el camino evitando que abandones y dejes de buscar en las novelas de fantasía refugio, preguntas y respuestas.

Creo que, más o menos, así se relacionan ambos egos. O lo mismo no. ¿Qué opinas?