Cuando digo que leer es volver al hogar, no me refiero por hogar a una casa física. Ni la tuya, ni la de tu familia. Ninguna casa, ningún edificio, aunque sea uno de mis tropos favoritos: volver al hogar de la infancia y encontrarse con un misterio. He elegido ese título porque el hogar es, dentro de una casa, el lugar donde está el fuego. Y si tú eres la casa, esa llama interior es tu hogar.

Tu hogar no es tu casa: es tu fuego interno

No, no me he convertido en escritor de canciones pasionales para perrear. Tampoco me he vuelto hipermetafórico.  Bueno, sí soy muy metafórico. Me pierde una metáfora.  Aquí hablo de hogar como algo intangible. No es lo mismo que casa, entendida como el suelo, las paredes y el techo. El hogar sería por un lado la suma de todos esos elementos tangibles más la sensación subjetiva y personal de sentirse en casa; sería también el fuego de la cocina o el de la chimenea.  Eso es el hogar de una casa. Y como soy tan metafórico cuando quiero (y siempre quiero) ese fuego es el equivalente a la llama de tu interior.

La soledad del hogar interior

No hace falta que te imagines a ti leyendo en tu casa en soledad, porque no es eso. Aunque si quieres puedes hacerlo: es un escenario válido. Pero esa soledad del hogar interior está contigo también en otros momentos: cuando vas en autobús, cuando estás con más gente, en el trabajo… Es un lugar fuera del espacio y tiempo habitual. 

Hace algún tiempo hablaba con unos amigos sobre la felicidad. En realidad, sobre las medidas para evaluar la felicidad y determinar con fiabilidad si una persona es feliz o no (estos amigos son mis compañeros del grupo de investigación de la universidad, de ahí que hablemos raro). Uno de ellos  dijo: «¿Y por qué no preguntarle a la persona directamente: oye, ¿eres feliz?»  Parece simple, ¿verdad? Si yo te hago esa pregunta ahora mismo, ¿qué es lo que tú haces? No quiero saber lo que me respondes; quiero saber qué haces.  Quizás te echas atrás en la silla y das un pequeño suspiro mientras buscas en tu interior la respuesta. Si no estás sentado no te eches atrás (podrías caerte); te basta con mirar al cielo o al suelo.  En cualquier caso hay una especie de búsqueda, de rastreo de tus emociones y tus sentimientos en ese momento. Y en base a todo eso, respondes.  Fíjate. No te pregunto cómo te sientes ahora, si estás contento o alegre. Te pregunto si eres feliz. No es lo mismo.

Ser feliz o estar feliz

Según Antonio Damasio, la pregunta de si eres feliz hace referencia a un sentimiento de fondo, algo más o menos estable y que puedes identificar como que «lleva contigo» un tiempo. Es distinto a preguntar si estás alegre: puedes estar alegre porque te has encontrado 50 euros, o porque estás leyendo esta entrada (más bien lo primero, me temo) y a pesar de eso, decir «pero en el fondo no soy feliz».  ¿Te suena? Pues ese «en el fondo» es el mismo espacio/tiempo donde yo sitúo el hogar de cada uno.

Ese sitio que se alimenta de muchas cosas, entre ellas lo que leemos.  En ese hogar interior estamos todos solos, cada cual consigo mismo. No es una soledad nociva. Esta no, al menos.  La soledad es dañina para el cerebro y la salud mental: somos animales sociales. Del mismo modo, una estimulación excesiva también resulta perjudicial. Hay una soledad elegida de forma deliberada que ayuda al bienestar personal. Aprender a estar en soledad es clave. Ese espacio propio no desaparece nunca, y a menos que lo cuidemos, como si fuera un jardín (sí, otra metáfora y nada original) corre el riesgo de llenarse de hierbajos y basura. Es un espacio creativo, y la creatividad es algo de todos, no solo de los Grandes Artistas.

Leer para volver al hogar

¿Cómo llegar a ese lugar solitario?  Leyendo.

Leemos, y lo hacemos en silencio, solos, ajenos al mundo que nos rodea y siendo simple observadores de aquel en el que nos sumergimos. Estamos solos, sí. Es un lugar privado al que accedemos por propia voluntad sin saber el resultado y del que muchas veces, para qué vamos a decir lo contrario, no salemos ilesos.

Blog: Entre montones de libros

No es una soledad amarga, sino una comunión entre tú y ese hogar, ese núcleo, que ocurre cuando leemos algo que nos llega, sea lo que sea. Por eso leer es volver al hogar, porque da igual que sea un poema o un relato de terror: ese momento, esa chispa o ese escalofrío, si se dan, nos llevan directos hacia dentro.  Pueden saltar al leer o al escribir. 

Porque escribir también cuenta.

Escribir también es volver al hogar

Al hogar no se vuelve del tirón. Cuando caminamos buscando nuestro hogar no hace falta pensar en una línea recta, un camino directo que va de un punto a otro, normalmente alejado y situado en el otro extremo.  A veces para volver al hogar hay que caminar en círculos porque aunque nos parezca lo contrario, en realidad no nos hemos alejado mucho. 

Escribir es otra forma de volver. Quizás por aquello de recuperar lo que uno quería ser de niño. O tal vez porque hago algo que disfruto y puedo pasar horas sin que lo note ni me canse.  Leemos lo que nos gusta. Y, si escribes, escribes sobre lo que te gusta. Construyes una realidad a tu alrededor. Más que una realidad, un reflejo para tu identidad. Cada lectura y cada escritura te devuelven una imagen de ti, y así puedes compararla con la imagen de quien quieres ser.

Y en consecuencia, haces los ajustes: en el caso de la lectura ese ajuste será leer más de ese autor (o no leer nada más); en el caso de la escritura es, bueno, volver a intentarlo para trazar un mejor camino de vuelta al hogar y extraer de allí la inspiración, el recuerdo. La llama que alienta tu historia.