Me gusta la literatura de misterio. Y me gusta el misterio en la literatura. Y me pregunto: ¿qué es el misterio?

Definir algo deja siempre un resquicio para el debate sobre lo que debe o no debe incluir una definición, sobre a qué se refiere el término. Qué engloba, qué alcanza.

Con la palabra «misterio» se me ocurren al menos dos modos de entenderlo, lo bastante diferentes como para producir dos tipos de novelas distintas, pero que pueden conjugarse a la vez en una misma historia.

El misterio en la literatura como algo a resolver

Un significado de misterio sería algo que debe ser resuelto. Puede ser un asesinato en el que las pistas estén presentes durante la novela.

También puede ser un enigma sin necesidad de que haya un crimen: una serie de hechos que no comprendemos pero sabemos que detrás de todo ese caos hay una respuesta clara, un patrón comprensible que hará que todo tenga sentido. Al final de la novela, claro.

El misterio en la literatura como lo imposible

El otro modo de entenderlo es como algo que no sólo no hay que resolver, sino que no tiene resolución. Puede cruzar el umbral que lo sitúa en lo sobrenatural, pero tampoco es necesario.

Misterio, en contextos religiosos o espirituales, significa aquello que es imposible de conocer. Está siempre un poco más allá de la razón, a nuestro alcance sólo mediante la fe (no sólo la fe religiosa) y a veces ni siquiera disponible a través de esa vía. Es “algo” que vive por encima de nuestras cabezas y cuya realidad y naturaleza hemos de aceptar y permitir que influya en nuestras vidas.

En las tradiciones esotéricas, el misterio es el conocimiento que pertenece sólo a unos pocos, los iniciados, y que no está al alcance de los profanos. A veces ese “no estar al alcance” no es porque ese misterio esté encerrado en lugares secretos sino todo lo contrario: está expuesto a plena vista, pero sólo visible por quienes conocen las claves para comprenderlo.

¿Y no es en lo cotidiano donde la irrupción del misterio provoca mayor desasosiego, mayor terror?

Al margen de tradiciones, religiones y filosofías, persiste el misterio. El pequeño gran misterio de lo que nos sacude a diario. Algo, un elemento, que está ahí en el corazón de la novela y cuya finalidad no es que tú le encuentres explicación (o que lo haga el protagonista). Su finalidad es proporcionarte la vivencia de un misterio.

En cierto modo, funciona como un koan: una pregunta cuya respuesta no importa; importa el estado mental (y emocional) en el que te sitúa la pregunta.

Novelas de misterio y novelas con misterio

Una novela que incluya un misterio cuya resolución se nos ofrece al final (si no hemos sido lo bastante listos para averiguarlo antes) nos muestra un tipo de misterio. Y cumple un propósito. Ofrecernos un laberinto, llevarnos por él y conducirnos a la salida o a su centro; en definitiva, a un punto final que acabe con el laberinto en sí, puesto que ya no estamos perdidos.

Otras novelas contemplan el misterio como algo que impregna cada página, cada línea de la trama, cada escena y cada ambiente. El misterio está ahí, palpitando en cada palabra que se escribe y en las que no. En lo que se ve y en lo que te esconde el autor.

En estas novelas entramos en el laberinto no para salir de él ni hallar su centro, sino sólo para maravillarnos de la existencia del laberinto en sí. Y eso es sólo el principio. Después, el laberinto deja de ser importante y sólo queda la simiente del misterio en el lector. Has recorrido un camino repleto de misterio, o un camino que te ha llevado a lugares en los que hacerte preguntas y vivir las posibles respuestas, ninguna definitiva ni del todo real, sólo para dejarte ahí, sin satisfacer tu necesidad de puntos finales, de soluciones.

Escribir con misterio

Como escritor me fascinan ambas maneras de acercarme al misterio. Me gusta esconderte algo y dejarte pistas aquí y allí para que adivines cuál es el secreto. Combinarlas con pistas falsas. Desviar tu atención, engañarte y luego revelarte la verdad, la solución: la que tenías delante y no veías; la que nunca podrías haber imaginado.

También me atrae el otro misterio, el que te coloca en posición contemplativa, para que lo reverencies o lo temas. O tal vez ambas cosas. Esta forma requiere más cuidado porque me obliga a no contar demasiado, a no poner el foco sobre aquello que debe estar en penumbra. A no convertir el fondo en figura. Y todo esto sin que la historia sea incomprensible o sin sentido.

Leer con misterio

Como lector, también disfruto de ambas formas de misterio. Del que me lleva por un camino de indagación y búsqueda de pistas hasta la revelación final, y del que me rodea con más preguntas que respuestas, más senderos sin recorrer que los recorridos. El misterio donde al final no todo encaja. Queda algo latiendo, algo que hace que no puedas abandonar la historia aún después de haber acabado el libro.

¿Cómo te llevas tú con el misterio en la literatura? ¿Prefieres un misterio que pueda resolverse o prefieres uno que te regale preguntas e incertidumbre?

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