Hay un hilo, entre toda la maraña, que nos guía por un camino oculto a la vista, esquivo a los sentidos. A veces, a base de avanzar y avanzar, poner un pie tras otro, conocer nuevos lugares y gentes, el hilo parece desvanecerse. Pero ese hilo nunca desaparece, jamás. Es delicado, que no frágil. Hay gente que suele confundir ambas cosas creyendo que son lo mismo, y eso es un error.

Cuando me preguntan quién es mi autor favorito, siempre respondo Clive Barker. ¿Mi libro favorito? Sortilegio, del mismo autor. El nombre del blog viene de esa novela. Barker es el origen, el inicio.

Aunque, en realidad, «nada empieza nunca».

Pero antes que Barker, mucho antes, estuvo Agatha Christie. Y junto a ella estuvieron Poe, Lovecraft, Collins… Mi semilla es una semilla oscura. Y también una semilla psicológica, de profunda curiosidad por el ser humano. Esto último lo encontraba una y otra vez en las novelas de Agatha Christie: la naturaleza humana.

Una semilla nunca desaparece. Se transforma. Da vida a un árbol que a su vez da frutos que a su vez dan semillas…

Nada empieza nunca.

Mi hilo como escritor, ese hilo delicado del que te hablaba al principio, puede que empiece ahí: yo, con doce o trece años, leyendo esas historias de horror, oscuridad y misterio. Clive Barker vino poco después, apenas un par de años más tarde.

Pero ese mismo hilo se enredó en un árbol. En concreto, en un eucalipto. Un poco más arriba de mi casa había un bosque de eucaliptos. Subía mucho, casi a diario. Había silencio y paz, cosas que necesitaba también casi a diario.

Allí, bajo esos árboles, leí El señor de los anillos.

Toda la zona era monte, así que a veces salía del bosque y me sentaba en una piedra, imaginando que estaba haciendo un descanso con la Comunidad del Anillo en su aventura. Otras partes las leí tirado en la hierba, en la total soledad y silencio del campo.

Allí, entre eucaliptos, senderos bordeados de matorrales, grandes piedras y zonas de hierba y flores, imaginaba que era un mago, que avanzaba por senderos que no sabía a dónde me llevarían; imaginaba antiguas ruinas mágicas en lo que sólo eran rocas; lugares sagrados en lo que sólo era un claro; peligros tremendos en las zarzas, de las que también cogía moras y me las comía porque era un aventurero, un mago alimentándome en los caminos.

El otro día, de forma casual, me di cuenta de que fue ahí, en esa lectura, donde nació sin darme cuenta mi amor por la literatura de fantasía. Y en especial por los magos.

¿Por qué tanto influjo de ese libro del que, sinceramente, recuerdo muy poco y nunca he vuelto a leer? Porque me llevó a otro mundo justo cuando necesitaba no estar en este.

El hilo que nos lleva se enreda, gira, se retuerce pero nunca se rompe ni se equivoca. Ese mundo de fantasía y magia entró en mí y se encontró otro mundo interior: un mundo de misterio, de elementos sobrenaturales, de derroteros psicológicos, de sendas interiores.

Y sobre todo aquello aterrizó Sortilegio, de Clive Barker. Creo que echo todo el peso de amor por leer y escribir en ese libro y ese autor, pero olvido que nada empieza nunca y que el hilo que me llevó hasta la obra de Barker me había paseado ya por otros lugares.

Y el hilo no se detiene. Aunque lo solté durante años (demasiados) el hilo siempre está ahí. Siempre, confía en mí. Y el cuanto volví a tocarlo con los dedos en seguida me condujo por el camino que me quedaba por recorrer, y por todo lo que aún vendrá. Me llevó por Brandon Sanderson y Ursula K. Le Guin, me paseó por Gaiman… en fin, toda una aventura. Una aventura que no ha acabado aún.

¿Es esa entonces la receta de lo que escribo? Los ingredientes que traigo desde el principio: oscuridad, misterio, psicología, fantasía y magia. Puede que no te parezca una gran revelación, pero sí lo es para mí. Simple y directa: El señor de los anillos me permitía evadirme en un tiempo en que lo necesitaba. Y con esa evasión encontré el lugar al que pertenezco.

Un sendero en un bosque. Un paso entre montañas. Una mansión victoriana. Lo que hay tras una puerta cerrada. Un mundo de magia.

Ahí pertenezco. Y de eso escribo.

Y esas hojas de eucalipto que ves en la imagen del principio son de mi bosque de eucaliptos. La hice hace tiempo. Mi hilo sabía que, años después, volvería a sentarme bajo sus ramas, aunque esos árboles ya no estén allí en realidad.

Pero yo llevo la semilla dentro.

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